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Unas elecciones sobre la desigualdad

Unas elecciones sobre la desigualdad

Tanto Trump como Clinton han adoptado la retórica anticomercial para defender ideas que sabemos no contribuirán en nada al crecimiento económico ni beneficiarán a la clase media. Trump ha lanzado ideas que podrían tener consecuencias progresistas, como las grandes inversiones públicas en infraestructura y la abolición de determinadas desgravaciones fiscales. Pero, en conjunto, sus planes incrementarían enormemente la desigualdad económica, según un análisis del Centro de Política Tributaria Brookings-Urban.

Las políticas de Clinton en asuntos como los impuestos, la atención a la infancia, la financiación universitaria y las bajas laborales retribuidas inyectarían una pequeña dosis de redistribución. Pero es comprensible que haya sentido miedo ante la clase media-alta, y las acusaciones de hipocresía, para defender ese programa a capa y espada.

 

Nacionalismo y economía

Esa política débil traerá consigo una economía débil. No hay más que fijarse en el Brexit para ver otro ejemplo palpable. Todas las instituciones de Reino Unido estaban a favor de seguir en la Unión Europea. Y tenían razón: los argumentos económicos eran convincentes. El Banco de Inglaterra acaba de reducir drásticamente su previsión de crecimiento del PIB para 2017 del 2,3% al 0,8%.

Puede que hasta eso resulte optimista. Pero los votantes británicos, aparentemente ajenos a lo que parecía un hecho económico evidente, hicieron una pedorreta colectiva. Por muchas que fueran, ni las advertencias de los expertos, ni los libros blancos de Hacienda, ni las declaraciones del gobernador del Banco de Inglaterra les hicieron cambiar de opinión.

Los británicos votaron en contra de sus intereses económicos a largo plazo. A la mayoría de nosotros nos parece evidente. Cuando digo “nosotros”, me refiero a los profesionales de clase media-alta que abarrotamos los comités asesores y los departamentos gubernamentales. Pero existe una rabia contra el sistema que muchos de los que estamos dentro de él hemos sido incapaces de admitir y entender.

El auge del movimiento antisistema tiene un importante componente cultural que no encaja en los paradigmas racionalistas de los tecnócratas. El voto a favor del Brexit tiene que ver con lo que significa ser británico. Para los cosmopolitas defensores de la permanencia, es evidente que significa ser europeo. Pero no para los defensores de la salida. De forma similar, el éxito de Trump tiene un importante componente cultural. Apela al nacionalismo de sus seguidores al menos tanto como a sus intereses económicos. Apela a quienes tienen la impresión de que hemos perdido terreno. Las palabras más importantes del eslogan electoral de Trump son las dos últimas: “Hacer a EEUU grande otra vez”. En un sondeo reciente, siete de cada 10 seguidores de Trump afirmaban que la vida era mejor durante la década de los cincuenta. No es de extrañar que tenga tanto éxito entre los hombres blancos sin formación. Son las únicas personas para las que eso podría ser cierto, y por los peores motivos posibles. Como decía la economista Dayna Bowen Matthew, “la igualdad siempre les parece una derrota a quienes antes gozaban de privilegios injustos”.

Existe una desconexión entre estos factores personales y culturales y la naturaleza aséptica de la mayoría de los debates económicos. Cuando se toca el asunto de la economía en época de elecciones, el verdadero problema es que “la economía” no significa nada para la gente normal. El hecho de que se modifique la previsión de crecimiento del PIB deja fríos a los electores. Puede que los modelos económicos demuestren que, en conjunto y con el tiempo, la inmigración, la competencia y el libre comercio son buenos. Pero “en conjunto” no es algo que reconforte mucho a la persona que se encuentra en el lado equivocado de esa ecuación (ya sea porque es un obrero de una fábrica de aparatos de aire acondicionado que traslada puestos de trabajo a México, o un londinense sin formación que ve a los europeos del Este ocupar puestos de trabajo del sector servicios por toda la ciudad). Y la expresión “con el tiempo” tampoco les resulta atractiva a quienes no han notado ningún aumento significativo de su calidad de vida durante una década. Estas personas no quieren beneficios netos para el conjunto de la economía en el futuro: quieren más dinero, para ellos mismos, ya.

Estos son desafíos para la clase política en general, más que para la izquierda o la derecha. El populismo que da alas a Trump, a Sanders y al Brexit pone en jaque el consenso político que ha reinado durante décadas, abarcando desde Paul Ryan hasta Hillary Clinton. De hecho, durante un breve periodo del último cuarto del siglo XX, apodado el “final de la historia” por Francis Fukayama, parecía que el consenso centrista occidental en torno a la democracia liberal, el mercado libre y el libre comercio iba a convertirse en un acuerdo mundial. Los partidos de la izquierda, sobre todo los demócratas de EEUU y el Partido Laborista británico, hicieron las paces con el mercado para poder avanzar. Los políticos empezaron a hablar de identidad personal, reformas de la política social y multilateralismo. La economía se convirtió en una cuestión de matemáticas más que en un arte político. Los políticos seguían discutiendo sobre economía, pero en un espacio diminuto y dentro de unos parámetros con los que, en gran medida, estaban de acuerdo. Con el final de la guerra fría, la economía parecía liberada de su bagaje ideológico, y después, casi de su importancia política también.

 

Políticos y economistas

Pero ahora la economía vuelve a ser profundamente política, y viceversa. Sin embargo, las dotes de los políticos en el terreno de la persuasión económica se han reducido en las últimas décadas. La mayoría llegó a la política por motivaciones sociales, más que económicas. Entretanto, la economía se convirtió en un campo más técnico y tecnocrático. Se ha dedicado mucha energía y elocuencia oratorias a la justicia racial, el matrimonio homosexual, la igualdad entre los sexos y cosas por el estilo. Los áridos temas de la productividad, el crecimiento y las tendencias del mercado laboral se han dejado por lo general en las misericordiosas manos de los ministros de Hacienda, los miembros de los consejos económicos y los funcionarios de banca.

Seamos francos: la gente que sabe de economía no tiende a ser muy hábil a la hora de conectar con otras personas en el plano emocional. Es lógico. La economía tiene que ver con el cálculo racional del bienestar social neto, el análisis pormenorizado de los resultados de los modelos y el estudio riguroso de las tendencias de los indicadores clave. Y este es un problema que debe solucionarse. Los economistas y los políticos tienen que comunicarse mejor los unos con los otros, y deben transmitir sus ideas a los ciudadanos de una forma comprensible y convincente. Si los economistas y los expertos en política descubren cómo hacer que sus hallazgos resulten más persuasivos, podrían transformar de manera extraordinaria la vida de la gente corriente, y reducir considerablemente la desigualdad.

 

Para aquellos que siguen sufriendo las consecuencias de la recesión, la invocación de la teoría económica no funcionará

 

Las mejores ideas sobre cómo hacerlo se encuentran en el interior de densos informes de investigación de comités asesores y departamentos de economía, a la espera de que las pongan a prueba. Por ejemplo, Brookings Institution ha creado un modelo de ciclo vital de trayectorias infantiles utilizando datos del Estudio Nacional Longitudinal de la Juventud, con información sobre unos 5.000 niños desde el nacimiento hasta los 40 años.1 Este modelo registra el progreso de los niños a lo largo de varias etapas vitales, con la correspondiente serie de indicadores de éxito al final de cada una. Gracias a este estudio, sabemos que ningún programa individual sirve de mucho para salvar la distancia que hay entre los niños de familias con ingresos bajos y los de ingresos altos. Pero el efecto combinado de distintos programas –es decir, una intervención temprana y frecuente en la vida del niño– repercute en gran medida y de manera sorprendente. La diferencia de casi 20 puntos porcentuales en la probabilidad de que los niños de ingresos bajos y altos lleguen a pertenecer a la clase media se reduce a seis puntos porcentuales. En otras palabras, es posible reducir en casi dos terceras partes la diferencia inicial en las oportunidades vitales de estos dos grupos de niños. La distancia entre blancos y negros también se acorta. Inversiones como esa superarían claramente un análisis de la relación coste-beneficio, desde el punto de vista de la sociedad en general e incluso desde la perspectiva menos amplia de los contribuyentes que financian los programas. La rentabilidad de la inversión pública es elevada.

Sin embargo, existe un problema importante que resolver: la voz de la razón ya no es la que se escucha. En el caso de aquellas personas que están legítimamente enfadadas con el sistema político-financiero, y todavía pasan estrecheces por culpa de la recesión y sus secuelas, la invocación de la teoría económica no funcionará. De hecho, es probable que sea contraproducente. Están hartas de que los expertos les digan lo que les conviene. Quejarse de que los expertos tienen razón no aporta nada: nadie les escucha.

La política sigue importando. Y la candidata del establishment estadounidense, Clinton, ha sido incapaz de lograr que la gente no perciba que va a seguir recibiendo más de lo mismo. Pero, lo que es más importante, hay que acabar con la suposición complaciente de que los votantes seguirán los dictados del sistema en asuntos económicos gracias a un esfuerzo común por ganarse los corazones, más que las mentes, en favor de unas políticas económicas probadas. Lo cual no significa que no se necesite una reforma: pocos pensarán que los beneficios del crecimiento se han distribuido de modo suficientemente equitativo. Pero una cosa es la reforma y otra muy distinta, la retirada.

Si miramos alrededor, los indicios no son alentadores. El Partido Republicano está demasiado ocupado sufriendo un ataque de nervios por culpa de Trump como para ofrecer a los votantes una alternativa al populismo insolente y xenófobo. El Partido Laborista de Reino Unido se desintegra; el Conservador se las apaña como puede para mantener la compostura, mientras piensa en la extraordinaria tarea de cumplir las promesas del Brexit. Fijarse en los acontecimientos políticos en Francia tampoco anima mucho.

Ahora, la tarea fundamental de la clase política de las grandes economías occidentales es recabar apoyos para las políticas económicas abiertas y basadas en el mercado que han sido el pilar de las recientes décadas de prosperidad. ¿Están nuestros políticos a la altura de esta tarea? Estamos a punto de averiguarlo.

 

RICHARD V. REEVES

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