Menu

Sobre la felicidad

Sobre la felicidad
                                                      de   Daniel Vidart
 
 Selec. Nurit Mileris
 
Años atrás una periodista me preguntó que opinaba acerca de ese extraño engendro que se denomina Economía de la Felicidad. Vuelvo hoy,memoria mediante, a desempolvar las respuestas que en aquel momento se me ocurrieron, ya para confrontarlas, ya para confirmar mis actuales ideas acerca de esta condición del espíritu siempre buscada y pocas veces encontrada por la criatura humana. Para desentrañar, si es posible,  el sentido de tal insólita pareja, es preciso volver a la meditación, al trabajo de la araña que extrae de sí misma el delgado hilo para armar la tela que, en mi caso, es la del ensimismado pensamiento.
Antes de ir a las ideas  que vienen a mi mente para atar mediante  un lazo inteligible el pesado cuerpo de la economía con el huidizo y liviano estado de felicidad, me gustaría remitirme a las fuentes etimológicas. Y desde allí salir en busca del río semántico donde se entrecruzan las derivas lingüísticas con las corrientes simbólicas. De tal modo será posible  empalmar la lejanía del designatum con  la inmediatez significativa del  denotatum.
 
Acerca de la economía
Procedamos  con reflexiva y ordenada paciencia, aunque esta,  según Montaigne,  "est une vertu morne et sombre”. Economía viene del griego oikos, casa y nomos, ley, convención u ordenamiento. Se refiere al buen gobierno de la casa, tal como lo entendieron en sus escritos Aristóteles y Xenofonte. Trasladado el término a la vida pública se convierte en economía política, a la cual no solo le atañe el estudio de la producción, circulación, distribución y consumo de los bienes y servicios en una sociedad dada sino que también apunta al manejo racional de los bienes escasos para lograr un rendimiento satisfactorio. Cuando hablamos de economía política  nos estamos refiriendo a la polis, conjunto de pólites (ciudadanos), que desborda los límites  del oikos  familiar. De ahí que se condenen los gastos públicos excesivos o los reputados como inútiles, puesto que economizar, en este sentido,  equivale a sofocar los dispendios, no atender en toda su amplitud el reclamo de las gentes,  contener el colectivo afán dilapidador provocado por la publicidad en una época de "consumo conspicuo",vicio que, según Veblen, constituye una de las características culturales de nuestro tiempo.
La economía de los bienes y servicios, vista desde ese ángulo, tiene su correspondiente filosófico en la regla impuesta por  la"navaja de Ockham" -entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem- referida al necesario y sobrio encadenamiento de las explicaciones lógicas.   Dicha secuencia fue expresada por la "economía del pensamiento" predicada por Ernst Mach, quien sostenía que las leyes abstractas sintetizan y simplifican la multiplicidad de los casos concretos de la  experiencia sensible.
Visto esta flaca noción de  la economía que haría palidecer de furia a Adam Smith, queda claro que  no me interesa ahondar en la racionalidad de  una economía política que procura instaurar la correcta administración de los  bienes y servicios en una sociedad humana regida por un gobierno que la dirige y organiza.  
Finalizada    esta explicación,debo trasladarme   al otro platillo de la balanza.
 
Qué   es eso de felicidad
Vamos, pues, a espigar  en  la voz felicidad. Su más lejano   antecedente pertenece a la raíz indoeuropea dhe, que quiere decir libar, succionar, chupar, según enseñan los filólogos. En su paso hacia el latín deja a la orilla del camino un montón de voces como fellator, el que mama o chupa según Plinio, femina (mujer), fetus (lo pequeño, como sucede con  el feto o el fruto  de la tierra -fetus terrae escribe Cicerón -), filius  (hijo),fecundus (fecundo) y  felix(fértil). A partir de este último significado puede advertirse que  comienza a gestarse una arcaica relación entre fecundidad y felicidad. La tierra fértil produce buenas cosechas, las buenas cosechas hacen dichoso al labriego: "barriga llena, corazón contento", reza desde entonces el refrán. En la Arabia Felix, mas amable que la Pétrea o la Deserta,así denominadas por los geógrafos romanos, prosperaba una rendidora agricultura. Dicha región meridional se hallaba situada a orillas  del Océano Índico,cuyas  costas estaban  bien regadas por las lluvias monzónicas.
 De felix proviene entonces felicitas, felicidad. Esta antigua relación entre economía y felicidad no encamina, en una primera fase, hacia el dinero, sino hacia la abundante alimentación, hacia el mantenimiento de los hijos en un hogar bien abastecido, hacia la propagación de la especie humana, en definitiva. La economía campesina sobrevendrá cuando una cuarta parte de las cosechas sea vendida en el mercado y comience la era  de  los agricultores prósperos.
Pero hay una cuarta derivación que nos pone mas a tono  con el asunto. De la voz fenum, heno, sale fenus, o sea el interés del dinero prestado. Aquí resplandece la vieja y permanente  relación existente entre la economía política  y la felicidad del acreedor satisfecho. 
El comentario antropológico surge por sí solo luego de esta excursión a la fuente de las palabras. Es que su historia, como vengo repitiendo desde hace tiempo, es en más de un sentido la historia de la cultura. 
 
La“economía de lo insólito”
Si  alguien se decide a perder (o ganar) eltiempo le recomiendo la lectura Laeconomía de lo insólito, un librode Sebastián Campanaro (Planeta, 2005) donde se suceden capítulos sobre la economofísica,la economía de las tentaciones, la egonomía o economía del yo, la economía de la felicidad, etc. Este señor tan doctoy divertido no es el inventor del término, el cual fue acuñado hacia los añossetenta del siglo pasado. Por ese entonces dos economistas, cuyos apellidoseran casi idénticos -R.A. Easterlin y W.E. Easterling-  analizaron los efectos de la renta en lafelicidad. Sus conclusiones fueron como el parto de los montes: estos, luego deuna gritería infernal, parieron   unridiculus mus, o sea un ridículo  ratón. En efecto, si bien contribuye a ella, eldinero no alcanza para comprar la felicidad, pues su efecto es estadísticamenteinsignificante. Easterlin define a la felicidad como el " bienestarsubjetivo declarado". La novedad en este tratamiento del tema consistió enel empleo de los numeritos, de  tablascomplejas y laboriosas, del cientificismo de lo obvio... En fin, ya elcascoteado género humano sabía que la abundancia de ovejas, pecus, y la pecunia resultante, no lograban, por si solas, la felicidad de lospobres mortales. Marco Aurelio decía al respecto que para vivir felizmentebastaba con muy pocos bienes materiales, y eso que era un Emperador. Bastantemás tarde Jeremías Bentham, un inglés a caballo entre los  siglos XVIII y XIX, afirmaba que la economíapolítica  debía procurar una felicidaddisfrutada por el mayor número de hombres. Este utilitarismo gira en derredorde los dos grandes intereses de nuestras apetencias en cuanto seres civilizados:buscar el placer y sacarle el cuerpo al dolor. En nuestros días LordLayard  expresó -¡vaya  descubrimiento! -  que si bien el dinero no proporciona masfelicidad compensa el embate de las desdichas y contrariedades. Asumiendo supapel de  economista, este señor  recomienda a los gobiernos, para que reine lafelicidad colectiva, que remuneren con suficiencia el trabajo, que instauren laigualdad social, que defiendan y mejoren la vida familiar, que sean lospropulsores  de una mayor salud física ymental  en la persona  y en la colectividad. Un foro EconómicoMundial que en el año 2005 se reunió en Davos, Suiza, despues de muchosdiscursos y ponencias llegó a la (des)consoladora conclusión de que los paísesricos no son los mas felices y que el dinero no es el motor de la felicidad. Lanoticia no es novedosa, por cierto.
 
Esa  anhelada, inasible  felicidad…
Y a todo esto ¿qué es la felicidad? ¿Cómo definir este estado del alma, después de distinguirlo delplacer que apunta a los sentidos y de la beatitud que nos transporta fuera deeste mundo, de cara a lo divino? No voy a fastidiar a los que tengan la santapaciencia de leer estas páginas con una larga  exposición sobre el eudemonismo(filosofía de la felicidad) o el hedonismo (filosofía del placer). Ambas corrientes nacieron en  la antigüedad clásica, pero  con otros nombres y resonancias entran en el pensamientofilosófico, ese galimatías contradictorio que hoy parece disolverse en el aguachirle de la posmodernidad.
 
Pienso con Cresson que lafelicidad es un estado de equilibrio interior, el reposo contemplativo y serenodel alma – psiquis,  conciencia,  corriente del pensamiento o neuronas alojadas en la fábrica del cerebro-  que no desea más de lo que tiene. Consideroque a lo largo de la vida los momentos verdaderamente felices son  puntos suspensivos,  relámpagos que iluminan instantesprivilegiados, pequeños y lúcidos éxtasis que, empero, no trasuntan la marca  del placer momentáneo, si se apunta a lo bajo,ni el arrobamiento místico,  si se mira alo alto. Mas que la alegría y el contentamiento, la felicidad, reacia a losconceptos, gotea como una miel cuerpo adentro y, de tal modo, recorre los espacios  de dilatados horizontes, en esa Tierra delSin Fin donde el espíritu viaja hacia un estado que, por un sentimiento muypersonal, Pío Baroja llamó “de dulce imbecilidad”. También, desactivando elcronotopo, inaugura  tiempos en los que  el minuto fugaz, cuya detención pedíaGoethe,  se desliza como un patinador enla tersura del hielo. De tal modo esas parcelas bienaventuradas le otorganrazón a nuestras vidas  cercadas por eldesengaño y la frustración, sometidas a los males que nos azotan desde afuera ya la incompletitud que nos debilita desde adentro, y que, en definitiva,están  condenadas a la enfermedad y lamuerte.
 
El diálogo entre lo que huye y lo que queda
Existe, se dice, una serie de factores   materiales y espirituales–hoy ambos términos están abolidos, pero valen como metáforas- que condicionan esos instantes maravillosos de la conciencia ovillada en si misma, esas esquirlas  de plenitud y reencuentro con la gracia, esos momentos privilegiados que se recuerdan dolorosamente cuando ya se han ido. Si alguien se anima a consultar el inventario de los posibles subsistemas que se compaginan en el áureo círculo de la felicidad, que abra El Criticón de Baltasar Gracián  en la página donde el grande y enrevesado prosista dice así: "la felicidad humana consiste en un agregado de todos los que se llaman bienes, honores, placeres, riquezas, poder, mando, salud,sabiduría, hermosura, gentileza, dicha y amigos con quien gozarlo". Me abruma la sumatoria de este abigarrado conjunto de bienes y valores. Y estoy seguro de que nuestro Artigas no era tan exigente cuando procuraba la "pública felicidad" de sus paisanos.
La felicidad es algo tan  delgado, tan ligero, tan simple, tan frágil,  que no puede definirse, porque constituye, al cabo, por decisión de su misteriosa naturaleza, un ente  inefable. Cuando ella venga a nosotros, cuando sintamos  el roce de su delicado toque, que no obliga ni sanciona, dejémonos ir, como llevados por las aguas de un arroyo tranquilo. Y no busquemos explicaciones ni inventemos  teorías. Vivamos esos instantes, esas horas,tal vez esos días, como seres inmortales y no como lo que somos, atormentadas criaturas perecederas. Al igual que  las olas del mar y el pulso salobre de  las mareas, la felicidad llega y se va. Suele reiterar su visita, y, cuando irrumpe inesperadamente, en puntas de pie, nos llama una y otra vez,  golpeando en la ventana, no en la puerta. Por la misma puerta “dos veces no pasa”, como se lamentaba Antonio Machado. Otras veces, y esto es lo más frecuente, se va para siempre, dando un rechinante  portazo. Entonces ya no vale la pena  seguir aguardándola, es decir, seguir viviendo.
                              
 

Enviar comentario sobre la nota al Director...

Su Nombre: *


Su Email: *


Asunto: *


Sus Comentarios:


volver arriba