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Shemtov cree en un d-os creador, yo no.

Shemtov cree en un d-os creador, yo no.

MUNDOS PARALELOS

Ianai Silberstein

Mi intercambio con el rabino Eliezer Shemtov me recuerda vagamente el concepto que estudiamos en el liceo en Filosofía acerca de los “dilemas de falsa oposición” según la obra de Carlos Vaz Ferreira. Sin entrar en la explicación académica del concepto, me quedo con lo que mi memoria retuvo durante más de cuarenta años: existen dilemas presentados como tales pero que en realidad no lo son. Dicho de otra manera: entre dos opciones aparentemente opuestas y excluyentes, existen otras menos inequívocas que pueden resolver una situación de dilema o conflicto pero que, por medio de la falsa oposición, parecen no conducir a ninguna parte. En el caso concreto de los temas que han ido surgiendo del intercambio de marras, está claro que el concepto de “dios” o divinidad, revelación, y la experiencia de los hijos de Israel en el Monte Sinaí, son casos de falsa oposición.

Así como yo no estuve allí, tampoco lo estuvo el rabino Shemtov; por lo tanto ni su testimonio por la positiva ni el mío por la negativa son válidos. Lo cual conduce a que es todo una cuestión de creencia o de fe: suponer que algo sucedió porque así nos lo han contado. La diferencia entre el rabino Shemtov y yo es clara: él cree en un dios creador, yo no.

Ahora bien, ¿es esto un conflicto? Los judíos hemos convivido unos con otros por generaciones asumiendo nuestras profundas diferencias; no somos ninguna novedad. El propósito de un intercambio como éste, surgido de una tímida propuesta para explicar un fenómeno que me asombra (la propensión de los judíos uruguayos no observantes a validar la ortodoxia por sobre otras corrientes del judaísmo) en forma más bien intuitiva, no puede ser otro que enriquecernos mutuamente. No es un club de debate donde uno le gane al otro. Tal vez sea precisamente en ese punto dónde se produce la “falsa oposición”. Porque da la impresión de que el rabino Shemtov en definitiva quiere convencer(nos) acerca de dónde encontrar el verdadero judaísmo, mientras que yo apunté a intentar comprender la conexión entre un judío de a pie y la ortodoxia. Mientras que yo apelo a una razón de tipo afectivo, como bien lo señala el rabino, él propone que el mérito de la opción ortodoxa es su validez en oposición a otras opciones.

Excepto el diálogo en sí mismo, no hay nada nuevo bajo el sol. Detrás de los conceptos laudatorios entre el rabino Shemtov y yo yacen las mismas profundas divergencias respecto a lo judío, el judaísmo, y sobre todo, los judíos. Podemos discutir hasta la llegada del mashiaj (concepto que fascina a Jabad), lo cual puede ser mucho o poco; tal vez llegue mañana; o podemos no discutir lo insoluble y caminar por sendas paralelas que buscan llegar a más o menos el mismo destino: una cierta noción de redención, un ideal de justicia social y amor fraternal entre los hombres, y una vida llena de justicia y buenas acciones. Personalmente privilegio los ideales por sobre el detalle, la búsqueda, la incertidumbre, y las contradicciones por sobre las absolutas certezas halájicas. Me consta que el rabino Shemtov busca lo mismo que yo pero exclusivamente a través de la halajá.

No voy a discutir el tema de la “esencia”; si Eliezer no entró en el tema, no seré yo tan ingenuo como para hacerlo. Es un tema peligroso que puede resultar hasta hiriente. Tampoco discutiré si el judío nacido como tal no está renunciando a serlo cuando deja de contar la historia y ya sus nietos tendrán de judíos sólo un apellido, mientras que un judío por elección podrá tener un apellido castizo pero sus nietos serán judíos activos y comprometidos; siempre que encuentren una comunidad dónde crecer como judíos.

El problema de Eliezer Shemtov es que las únicas puertas que quiere dejar abiertas son las de entrada a sus tiendas, “oh Israel”. Su sugerencia acerca de probar las mieles de de la vida observante, a pesar de sus dificultades, es su inequívoco cierre de toda conversación. Él cree, y me consta que es así, que esa es la vida de un judío y su misión es difundirla y sumar adeptos. Creo que Jabad ha hecho un gran trabajo en ese sentido en todo el mundo. Aún así, habemos cientos de miles, por qué no millones, de judíos que buscamos vivir nuestro judaísmo de manera diferente, más de acuerdo a nuestras convicciones como seres humanos. Claro, siempre que asumamos que como judíos somos tan humanos como el que más. Si por el contrario entendemos que hay una “esencia”, la cosa se complica...

Cuando escribí “Mundos Perdidos” quise abrir una puerta y atisbar, imaginar, el mundo interior, las motivaciones de gente como yo que ve en la ortodoxia una verdad que no puede reconocer en otras tiendas. El lazo afectivo que propongo es UNA lectura del fenómeno. Shemtov propone otra, una lectura que habla del convencimiento acerca de una verdad. Está claro que para muchos, para sus seguidores y adeptos, esa es la verdad, EL judaísmo. Mi propósito es mantener vivo el espíritu crítico y la libertad de elección como valores superiores. Me gustaría que desde otras tiendas rabinos y autoridades vean nuestros “mundos hallados” a través de vivencias judías diferentes como experiencias válidas y posibles. No que ellos tengan que ser parte, pero que, así como uno se asoma a sus mundos, ellos puedan asomarse con empatía al nuestro.

El pueblo judío gana en la diversidad, pero existe un punto de equilibrio muy sutil que puede conducir al quiebre y la auto-destrucción cuando la diversidad se convierte en “odio gratuito”. Un díalogo como éste contribuye a minimizar el daño, pero hay mucho camino que recorrer. Sería bueno que las puertas se abran en todas las direcciones y todos hagamos el intento de entender y respetar aquello que no elegimos pero nuestro prójimo sí.

 
 
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