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Si el Viejo hubiese leído El Príncipe

Si el Viejo hubiese leído El Príncipe

De la  dispendia y  la miseria (avaricia)

     Si el ex Presidente José Mujica hubiese aplicado los conocimientos de El Principe, los uruguayos no estaríamos sujetos a tantos ajustes impopulares. Maquiavelo explica porque no es buena cosa el gasto público excesivo:  

...Comenzando por la primera de estas prendas, diré cuán útil sería el ser  dispendioso; sin embargo, la  generosidad que te impidiera que te temieran, te sería perjudicial. Si la ejerces prudentemente como ella debe serlo, de modo que no lo sepan, no incurrirás por esto en la infamia del vicio contrario. Pero como el que quiere conservarse entre los hombres la reputación de ser  generoso no puede abstenerse de parecer suntuoso, sucederá siempre que un príncipe que quiere tener la gloria de ello consumirá todas sus riquezas en prodigalidades; y al cabo, si quiere continuar pasando por  generoso, estará obligado a gravar extraordinariamente a sus gobernados, a ser extremadamente fiscal y hará cuanto es imaginable para tener dinero. Pues bien, esta conducta comenzará a hacerle odioso a sus gobernados397; y empobreciéndose así más y más, perderá la estimación de cada uno de ellos, de tal modo, que después de haber perjudicado a muchas personas para ejercer esta prodigalidad que no ha favorecido más que a un cortísimo número de éstas sentirá vivamente la primera necesidad398, y peligrará al menor riesgo399. Si reconociendo entonces su falta, quiere mudar de conducta, se atraerá repentinamente la infamia ajena a la avaricia400.

No pudiendo, pues, un príncipe, sin que de ello le resulte perjuicio, ejercer la virtud de ser dispencioso de un modo notorio, debe, si es prudente, no inquietarse de ser notado de avaricia, porque con el tiempo le tendrán más y más por liberal, cuando vean que por medio de su parsimonia le bastan sus rentas para defenderse de cualquiera que le declaró la guerra y para hacer empresas sin gravar a sus pueblos401; por este medio ejerce la  generosidad con todos aquellos a quienes no toma nada, y cuyo número es infinito mientras que no es avaro más que con aquellos hombres a quienes no da, y cuyo número es poco  

Así, pues, un príncipe que no quiere verse obligado a despojar a sus gobernados y quiere tener siempre con qué defenderse, no ser pobre y miserable, ni verse precisado a ser rapaz, debe temer poco el incurrir en la fama de avaro, supuesto que la avaricia es uno de aquellos vicios que aseguran su reinado406.    

¿Me replicarán que hubo muchos príncipes que, con sus ejércitos, hicieron grandes cosas y, sin embargo, tenían la fama de ser muy  dispendiosos?409. Responderé: o el príncipe en sus larguezas expende sus propios bienes y los de sus súbditos o expende el bien ajeno. En el primer caso debe ser económico; y en el segundo, no debe omitir ninguna especie de liberalidad410.  

No hay nada que se agote tanto de sí mismo como la  dispendiosidad; mientras que la ejerces, pierdes la facultad de ejercerla, y te vuelves pobre y despreciable414; o bien, cuando quieres evitar volvértelo, te haces rapaz y odioso415. Ahora bien, uno de los inconvenientes de que un príncipe debe preservarse, es el de ser menospreciado y aborrecido. Conduciendo a uno y otro la liberalidad, concluyo de ello que hay más sabiduría en no temer la reputación de avaro que no produce más que una infamia sin odio, que verse, por la gana de tener fama de ser generoso, en la necesidad de incurrir en la nota de rapaz, cuya infamia va acompañada siempre del odio público416.

 

 

 

 

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