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Martín Buber una creencia religiosa y humanista

Martín Buber una creencia religiosa y humanista

Selec. Nurit Mileris


El misticismo judío

...Buber logró que el Judaísmo, como pensamiento y forma de vida, volviera a ofrecer una perspectiva ideológica y ética productivas frente a los problemas y acontecimientos más importantes del momento. Y es el descubrimiento del Jasidismo, movimiento místico popular que recorrió las comunidades judías de Europa del Este en los siglos XVIII y XIX, lo que determina su relación íntima y personal con el Judaísmo, al que dedicó toda su vida al difundir su mensaje.

La profundización en la particular forma de misticismo de las comunidades jasídicas, en las que por su fervor se distinguían los tzadikim (justos) y cuyas experiencias eran contadas por los jasidim (fieles a la alianza), permitió a Buber poner en evidencia la experiencia de la relación directa entre Dios y el hombre, en la que se basa toda su teoría filosófica, derivada del existencialismo y de la ontología. Buber explica su vínculo con la religión: “La esencia del Judaísmo no radica en lo religioso ni en lo ético, sino en la unidad de ambos elementos”.

La crisis en la filosofía occidental, encarnada en la separación radical entre el mundo y Dios, ocupa el centro de su atención. El mundo sin Dios queda reducido a un mundo que se agota; no hay sitio para ideales capaces de guiarnos, por lo que Dios sin el mundo deviene en un producto de la fantasía, una quimera sin contacto con la realidad.

La filosofía dialógica

Martin Buber forma parte de los llamados “filósofos del diálogo”, un grupo de pensadores que se centró en el tema de la palabra, el diálogo y, sobre todo, en la relación entre las personas. Para él, esta filosofía es una especie de existencialismo religioso basado en la distinción entre relaciones directas o mutuas (a las que llamó la relación Yo-Tú, o diálogo) en las que cada persona confirma a la otra como valor único y las relaciones indirectas o utilitarias (a las que llamó Yo-Él, o monólogo), en las que cada persona utiliza a los demás pero no los valora por sí mismos.

En su libro Yo y Tú aborda este asunto extensamente. Según Buber, con frecuencia vemos a los objetos y las personas por sus funciones, los observamos y guardamos parte de nosotros mismos fuera del momento de la relación, cuando deberíamos estar completamente disponibles para ellos, entenderlos, compartiendo y hablando totalmente con ellos. Esta conducta, bastante común en los seres humanos, busca proteger nuestras debilidades, o bien persigue que los otros respondan de alguna manera preconcebida, para conseguir algo de ellos. Pero es posible, señala Buber, situarnos completamente en una relación para “estar ahí” con otra persona, sin máscaras, sin pretextos, incluso sin palabras. Cuando las personas llegan a una relación sin condiciones previas, el resultado es el verdadero diálogo, el verdadero compartir, acercándonos a la verdad.

Para Buber, Dios es el Tú eterno. Al igual que una persona que amamos, no podemos definir a Dios; no podemos establecer condiciones previas para la relación: tenemos que estar disponibles, abiertos a la relación con el Tú eterno. Y cuando experimentamos una relación Yo-Tú, el momento no necesita palabras. Para Buber, es posible tener una relación Yo-Tú con Dios a través de momentos Yo-Tú con la gente, la naturaleza, el arte…

En un mundo cada más agreste, Buber resaltó los valores fundamentales de la vida, y contribuyó a marcar el origen y el destino del hombre. La solidaridad, el respeto por el otro, la tolerancia y el amor por el prójimo son los valores indispensables que los seres humanos deben recuperar para alcanzar su destino: la comunión con Dios.

El diálogo según Buber

“Para que exista un diálogo auténtico deben darse ciertas disposiciones: una conversión hacia el otro en cuanto su ser se trasforma. Asumo la presencia de mi interlocutor, es decir, hay una aceptación. No significa ya un consentimiento. Pero cuando aun yo esté enfrentado al otro, siempre lo aceptaré como correlato de un diálogo puro, le diré ‘sí’ como persona. Por otra parte, cuando se da un auténtico diálogo, el participante debe implicarse a sí mismo, deberá decir en todo momento lo que piensa en cuanto al objeto del diálogo. Es decir, un diálogo no debe estar dispuesto y concluido apriorísticamente, no deberá ser preordenado, pues es el espíritu el que debe marcar el camino”.

“En el diálogo auténtico uno se vuelve hacia su interlocutor y se dirige a él de verdad: es, pues, un movimiento del ser hacia él. Cada uno de los que hablan ven en su interlocutor a quien se dirige su ser persona (…) Pero el que habla no percibe solo a la persona que está presente, sino que también la acepta como interlocutor, es decir, confirma, en la medida que le es posible, al otro en su ser (…) Por otra parte, para que se produzca un diálogo auténtico, cada uno de los que participan en él debe aportarse a sí mismo. Esto significa que deberá prestarse a decir lo que piensa realmente de aquello de lo que se habla (…) Allí donde el diálogo se cumple en su esencia, entre los interlocutores que se han vuelto realmente el uno al otro, que se expresan sin reservas y están libres de cualquier voluntad de aparentar, se produce en su comunidad un memorable estado de fecundidad sin parangón

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