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FREUD, JUDAÍSMO E IDENTIDAD

FREUD, JUDAÍSMO E IDENTIDAD

Lic. Psic. Jorge Schneidermann

 

Entre el ser, el sentir y el creer

FREUD, JUDAÍSMO E IDENTIDAD

 

 “Ni en mi vida privada ni en mis escritos jamás he mantenido en secreto el hecho de ser un abierto y completo no-creyente”

(Sigmund Freud)

 

No han sido pocas las versiones urdidas en torno a Freud y su relación con el judaísmo. Algunas de ellas lo insinúan distante y apático, debido, quizás, a su confeso ateísmo, a su interés estrictamente antropológico respecto de las religiones o talvez inducidas por la errónea y aún frecuente percepción de que el judaísmo se agota en su expresión religiosa.

 En efecto, no será precisamente desde la observancia que asumirá su judeidad, sino a partir de una vigorosa identificación con los aspectos históricos, deontológicos y afectivos inmanentes al concepto de judaísmo-nación. Este sentimiento de pertenencia, no necesariamente ligado a la práctica religiosa, se sustancia, además, en la preservación y transmisión transgeneracional del milenario legado cultural ancestral.

Al respecto, Abraham A. Brill (1944), pionero de la difusión del Psicoanálisis en los Estados Unidos, nos aporta en su obra Contribución de Freud a la Psiquiatría, una misiva fechada el 26 de febrero de 1925 en la que Freud se dirige al director del Jüdische Presszentrale de Zürich, expresando: “Puedo decir que mi adhesión a la religión judía es tan escasa como a cualquier otra religión. Es decir, considero a todas las religiones como objeto de interés científico, pero no participo de los sentimientos emotivos que llevan inherentes. Por otra parte, siempre he tenido un fuerte sentimiento de parentesco con mi raza, y he tratado de inculcarlo a mis hijos” (Freud, 1925) (Brill, 1944, p. 42).

La atracción que sintió desde pequeño por la lectura de la Biblia, y su aproximación a los libros sagrados del judaísmo por intermedio de su padre, alimentaron su espíritu de búsqueda en la misma medida que lo hacían las investigaciones de Darwin, la obra de Goethe u otros textos. Ya en tiempos de juventud, comenzó a desarrollar un definido perfil laico y universal, sin menoscabar el rol del pensamiento religioso en la historia de las culturas. Conservó siempre dicha postura, sin concesiones y partiendo de una mirada crítica, respetuosa y consecuente con su condición de leal y reflexivo militante de sus convicciones.

En 1894, el caso Dreyfus, uno de los escándalos judiciales más penosos de la historia francesa, puso en alerta a las comunidades judías de Europa. Alfred Dreyfus, oficial del ejército galo, de origen judío y proveniente de la región de Alsacia (contigua a Alemania), es infamemente acusado de espiar en favor de los germanos. Sus raíces hebreas y lugar de procedencia le convierten en el chivo expiatorio perfecto para satisfacer las reivindicaciones antisemitas de gran parte del sistema político francés.

Sensibilizado por estos acontecimientos y por la virulenta escalada antijudía que se producía en el resto del continente, en 1895 Freud decide unirse a la B'nai B'rith[1]. Esa triste circunstancia no resultaba ajena a la familia Freud. En su Presentación autobiográfica[2](1925), nos relata cómo sus antepasados por línea paterna, oriundos de Köln (Colonia), se vieron compelidos a abandonar sus hogares alrededor de quinientos años atrás, debido al recrudecimiento de brotes antisemitas. Tras varios siglos de permanencia en el Este europeo, arribaron a Austria durante el siglo XIX a través de Lituania y Galitzia (Freud, 1925).

Otro hecho que concitó la atención de Freud, fue el surgimiento del Sionismo, a instancias del abogado y periodista Teodoro Herzl, quien formado académicamente en Viena, cumplía funciones de corresponsalía en París durante el proceso Dreyfus. Indignado por el hecho, Herzl plantea la urgente necesidad de salvaguardar la integridad física y el derecho a la autodeterminación de las comunidades judías dispersas por el mundo, a través de la creación de un Estado soberano erigido sobre las bases de un sentimiento de pertenencia nacional que aunque sin soslayarla, trascendiera los planos de la religión.

Si bien los postulados sionistas se alineaban con un criterio laico y distante de los encorsetamientos de la ortodoxia religiosa, Freud no se sentía consustanciado con la idea de constituir un país en la Palestina sometida al mandato británico, bajo el entendido que las circunstancias socio-políticas allí imperantes no permitirían asegurar una pacífica convivencia entre judíos, árabes y cristianos. Al respecto, se expresa en una carta que envió el 26 de febrero de 1930 a Chaim Koffler, miembro del Keren Hayesod, manifestando su negativa a enarbolar las banderas del movimiento y dado su prestigio internacional, convertirse en uno de sus voceros. Entre otras cosas, señala: “La reticencia de mi personalidad a interesar al público es inmodificable y las circunstancias críticas actuales no me parecen las más adecuadas para un cambio de actitud. Quien quiera influenciar al gran público debe tener algo muy sorprendente y entusiasta para decir y mi juicio sobre el sionismo de ninguna manera lo permite”. Por último, y a manera de lacónica despedida, agregó: “(…) ¡No puedo experimentar la menor simpatía por una piedad sionista mal interpretada que hace de un trozo del muro de Herodes, una reliquia nacional y a causa de ella, desafía a los habitantes de todo un país!
Juzgue usted si con un punto de vista tan crítico como el mío, soy la persona que se necesita para jugar el rol de consolador de un pueblo embanderado en una esperanza injustificada”
.

Más allá de sus disidencias, desde 1925 se integró al Comité de apoyo a la Universidad Hebrea de Jerusalén, con las consecuencias que adhesiones de esta índole le aparejarían, pocos años después, a quienes fuesen identificados por el nazismo como cultores y difusores de “ciencia judía”.

Ese carismático y fatigado luchador que ya sobre el final de su vida se vería obligado a abandonar una tierra que consideraba suya, durante la travesía del Canal de la Mancha, rumbo a Inglaterra, soñó con la palabra Pevensey, la cual daba nombre al sitio donde en 1066 desembarcara Guillermo el Conquistador (Fachinelli, 1968). Pese a que a su arribo se limitó a definirse como un simple anciano judío, seguía tratándose del mismo Freud patriarcal, tenaz y combativo. Aquel jovencito que una noche se había soñado blandiendo el bastón de mando de André Masséna (el único General judío que revistaba en las fuerzas napoleónicas), y que luego, a lo largo de décadas de ejercicio del Psicoanálisis había liberado a tantas personas de las cadenas de su Egipto interior, distaba mucho de desembarcar, claro está, en la tierra prometida. Las Tablas de la Ley se hacían trizas ante el ignominioso avance de una barbarie que acabaría con cincuenta millones de almas y entre ellas, las de seis millones de sus hermanos.

No obstante, Cronos[3], riguroso juez y cernidor, le ha ofrendado a Freud el mayor de los reconocimientos: la vigencia, privilegio que la historia sólo confiere a aquellos que osan detener los retrógrados relojes del conservadurismo y echan al vuelo las desafiantes campanas del pensamiento transformador.



[1] Institución judía de carácter internacional, fundada en 1843, abocada a la actividad filantrópica y a la defensa de los Derechos Humanos. 

[2] La misma integra el Tomo XX de sus Obras Completas. Amorrortu Editores.

[3] Dios griego del tiempo.

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