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Hijo de judíos supervivientes del Holocausto

Hijo de judíos supervivientes del Holocausto

El Universal, México, Por Arnoldo Kraus

Contra mí

 



Hijo de judíos supervivientes del Holocausto, testigo de genocidios, lector de Susan Sontag y de Samuel Becket y, uno entre los miles de millones que detestamos a la ralea política, escribo, desde la cómoda distancia, sobre Alepo. Escribo para mí, contra mí: ¿qué hago, qué hacemos las personas indignadas ante el genocidio de Alepo?

Durante la Segunda Guerra Mundial, judíos, homosexuales, discapacitados, testigos de Jehová y gitanos fueron masacrados bajo la anuencia de las grandes potencias y con la connivencia de la Iglesia Católica. En 1944, Raphael Lemkin, definió genocidio como “la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento”.

Antes de los nazis, los turcos masacraron, en el primer genocidio del siglo XX, a millón y medio de armenios. Después de los nazis, miles de millones de personas, hemos atestiguado nuevos genocidios: Ruanda (1994); 75 por ciento de la población tutsi fue masacrada por los hutus; murieron 800 mil personas. Camboya (1975-1979); el régimen de Pol Pot asesinó a más de dos millones de camboyanos. Darfur (el genocidio inició en 2003 y aún no finaliza); milicias árabes han abatido a 480 mil habitantes. Srebrenica (julio 1995); militares y civiles serbios de Bosnia, aniquilaron a 8 mil hombres bosnio-musulmanes. Guatemala (1975-1985); matanzas contra la población maya, perpetradas por militares guatemaltecos bajo el mandato del siniestro Efraín Ríos Montt, asesorados por estadounidenses, masacraron a 60 mil indígenas. Aunque no todos coinciden en aplicar el término genocidio, en los regímenes comunistas de China y de la Unión Soviética, decenas de millones de personas fueron asesinadas.

Sontag viajó y regresó a Sarajevo en 1993 para dirigir “Esperando a Godot”, de Beckett. Regresó por dos razones. Primera. Para desvelar la mentira que sostenía que durante el nazismo los gobiernos nada sabían acerca de los campos de concentración. En el sitio de Sarajevo, el más prolongado antes de Alepo, a pesar de que las matanzas se transmitían en vivo, poco se hizo para detenerlas. La segunda razón fue montar “Esperando a Godot”. En la obra del Nobel, dos vagabundos esperan en vano a Godot; no se sabe por qué lo esperan ni qué asunto quieren tratar con él. Godot nunca llega. Lo mismo, salvo algunas admirables ONGs, sucede en Alepo: casi nadie llega.

Obama, quién debería devolver como mínimo acto de dignidad el Premio Nobel de la Paz otorgado iniciada su gestión, Putin, Erdogan y otros, han sido y son cómplices del sátrapa Bashar al-Assad. ¿Cuántos muertos más requiere el mundo para frenar la matanza de Alepo?, ¿cuántos niños más?

Las fotografías de Alepo recuerdan las imágenes de Dresde tras los bombardeos en1945. Esqueletos de edificios, árboles calcinados, destrucción. En Dresde, la idea era terminar la guerra. Bastaron tres días y 4 mil toneladas de bombas. Los aliados acabaron con todo. En la Alepo moribunda, la ralea comandada por Obama, Putin, Erdogan, al-Assad, ISIS y etcétera, la realidad supera las posibilidades del Mal: los políticos masacran inocentes con tal de triunfar unilateralmente.

Una nota más: en abril de 2016 falleció, durante un ataque al hospital donde laboraba, Mohammed Wasim Moaz, el último pediatra en servicio, y con él, la posibilidad de ayuda a los niños sirios heridos. Con los niños regreso al principio.

No hay antídoto contra el Mal. Nada sirve. La comunidad de Alepo muere cada día. Lo sabemos, lo vivimos, somos testigos. No se trata de la impotencia de Dios, se trata de la impotencia de la humanidad. Alepo: ¿puede ser más desvergonzada la comunidad internacional? Entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo inhumano, en Alepo prevalecen la muerte y lo inhumano.

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