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Globalización, Brexit, Estado Nación

Globalización, Brexit, Estado Nación

 

 

                                                                                                            Cr. Isaac Markus

 

 

            Un mundo globalizado, en el que las decisiones que afectan a todos se toman en lejanos centros de poder. La riqueza se concentra cada vez más en pocas manos y los trabajadores comunes, no especializados, que representan la enorme mayoría de la población mundial, sufren el deterioro de sus salarios e incluso afrontan el riesgo creciente de perder su trabajo, si es que esto no se ha producido ya.  El trabajo se ve amenazado por las máquinas que sustituyen la mano de obra barata por procesos tecnológicos aún más baratos. Las redes sociales, por su parte, se extienden creando una falsa noción de identidad electrónica, el espejismo de un sentido de pertenencia inexistente.

 

            Como señalaba Zygmunt Bauman al hablar de la “modernidad líquida”, se van creando muchas identidades posibles, modificables, intercambiables, y todo ello se manifiesta como una especie de himno a la libertad. Pero llega un momento en que el individuo comienza a percibir que esta entelequia indefinida, en muchos casos fomentada por el fenómeno de la globalización, no contribuye a resolver sus problemas concretos. Entonces intenta acortar distancias, recuperar un sentido de nación que al menos le permite ubicar un centro de decisiones más cercano y posiblemente más involucrable con su situación personal. Y esto podría acercarse a una explicación sobre el triunfo del Brexit, y sobre el auge de los nacionalismos en Europa y de alguna forma también en Estados Unidos.

 

            Es frecuente asociar los nacionalismos con la ultra-derecha o con los fascismos, fundamentalmente por lo sucedido en la segunda guerra mundial. En contrapartida, ha sido una vieja prédica marxista bregar por el universalismo y la desaparición de los estados nacionales. Sin embargo, la situación actual podría requerir una lectura más fina. Mientras el fenómeno de la globalización no pueda probar que sus pasos no se dirigen hacia una concentración cada vez mayor de la riqueza en las multinacionales y en los países más ricos en desmedro de los más pobres, la tendencia a hacer desaparecer las fronteras nacionales está sujeta a un análisis crítico. Sería simplificar el problema atribuir la defensa del estado nación a una mera o exclusiva visión de los movimientos de ultraderecha. Una visión objetiva requeriría estudiar las reclamaciones de la población y ver si las mismas pudieran estar justificadas desde el punto de vista de sus necesidades reales.

 

            Han existido numerosos movimientos de liberación nacional que han cumplido un rol positivo en la historia. Entre ellos, el sionismo, que ha devuelto su territorio ancestral a un pueblo obligado a una trayectoria nómade y sujeta a vejaciones de toda índole. Es que la nación no debe interpretarse como un factor negativo per se. Es la unión de personas que sienten la afinidad de una cultura o historia común, y esta premisa no lleva implícito el hecho de estar en contra de otras naciones. Tampoco significa estar en contra de la inmigración en la medida de que los nuevos ciudadanos sean pacíficos y respeten la cultura básica de un país.  En base a esto, y a pesar de que los movimientos políticos xenófobos alientan nacionalismos extremos que no compartimos, no debe identificarse una prudente defensa del estado nación con la ideología de estos grupos.

 

            De alguna manera, los resultados de las votaciones que reflejan una postura nacionalista en diversos países revelan la necesidad de los ciudadanos comunes de exigirle a su estado nación una mayor cercanía y defensa de sus intereses. En particular, los votantes que no  disponen de una preparación técnica que los haga particularmente competitivos en el mundo actual, observan un continuo deterioro de sus expectativas económicas derivado de decisiones tomadas en lugares lejanos, como Bruselas o los directorios de las empresas multinacionales. Por otra parte, atendiendo la necesidad de las empresas de disponer de mano de obra barata, se ha promovido una inmigración masiva de personas cuyos valores culturales colisionan con los de la cultura occidental,  generando en la sociedad una sensación de pérdida de valores nacionales.

 

 

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