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El quinto jinete del apocalipsis europeo

El quinto jinete del apocalipsis europeo

LLUÍS BASSETS

 

El País de Madrid. 

Trump es el quinto jinete del apocalipsis europeo. Primero fue la crisis financiera, que puso en peligro la moneda única. Luego fue la anexión de Crimea por Rusia, que demostró la voracidad de Moscú y la fragilidad de la frontera oriental de la Unión Europea. A continuación la crisis de los refugiados, que hizo saltar por los aires la política de asilo europea y paralizó los acuerdos de Schengen. Por fin llegó el Brexit, la primera ocasión en la que la fábrica de paz, prosperidad y estabilidad que era la UE en vez de ensancharse se encoge y pierde una de sus piezas señeras: 18% del PIB, 13% de la población, arma nuclear, asiento permanente en el Consejo de Seguridad, la City y el prestigio de la democracia parlamentaria más antigua del mundo. La culminación es Donald Trump, un presidente más propenso a entenderse con Moscú que con Bruselas y en todo caso el primero en 70 años que menosprecia a la alianza atlántica y prefiere ver a Europa desunida.

Trump anunció que su victoria sería “un Brexit multiplicado por tres” y se quedó corto. El trumpismo es un terremoto de efectos globales mientras que el Brexites de efectos continentales, con el añadido de que el terremoto mayor refuerza, naturalmente, el efecto destructivo del menor. Trump y el Brexit son complementarios e incluso afines. Hay afinidad en la crisis de la globalización que está en el origen de su éxito, y más concretamente en la pulsión nacionalista, excluyente e incluso xenófoba que ha animado el voto en ambos casos. También en la apelación a un tiempo pasado de grandeza que ya no volverá. E incluso se puede encontrar, a la vista de las amenazas a Bruselas de los últimos discursos de Theresa May, en el método de negociación intimidatoria que comparten, juego de suma cero en el que lo que gana uno lo pierde el otro, en vez de cooperación sinérgica entre ganadores, como ha sido el caso de una parte considerable de la cooperación multilateral de los últimos 70 años.

La victoria de Trump es una regalo caído del cielo para May. Obama señaló a los británicos el último puesto de la cola si querían negociar un acuerdo comercial con Washington como alternativa a su salida de la UE, mientras que Trump los ha declarado socios preferentes. La anterior Administración presionó en contra del Brexit o se manifestó a favor de una salida de la UE suave con el argumento de que la principal baza de Londres es la posición privilegiada que goza dentro de la Unión y le ha permitido funcionar como puente transatlántico y global. Ahora gracias al apoyo y ejemplo de la primera superpotencia, May da la vuelta al argumento y presenta su proyecto de un Reino Unido global, desconectado de la UE y apoyado en la relación especial con Washington.

Pero no todo son afinidades, ni la relación entre May y Trump tiene por qué ser tan idílica. En primer lugar, porque la idea que tiene Trump de las relaciones internacionales difícilmente puede encajar con la tradición y sutileza del Foreign Office. En el tosco mundo de Trump no hay reglas de juego pactadas multilateralmente sino acuerdos bilaterales en los que se expresa la correlación de fuerzas. Concibe las relaciones con los otros países como un simple negocio a corto plazo, en el que se trata de ganar cuanto más mejor, sin necesidad de construir afinidades ni compartir valores, ideas y estrategias. Torcer el brazo al otro antes de regatear es una técnica habitual para contar con bazas a la hora de obtener acuerdos. Para los socios de menor fuerza y tamaño, como es el caso de Londres, por grandes que sean las aparentes afinidades, será un peligro entrar en tratos bilaterales y sin la cobertura de las reglas y las instituciones multilaterales.

Como ha anunciado ya Merkel, la acumulación de crisis obligará a los europeos a asumir la responsabilidad sobre su futuro

También hay abiertas diferencias entre Trump y el Brexit que la euforia de estos días oculta. Los conservadores británicos tienen ideas y valores precisos y reconocidos, que pueden evolucionar pero dentro unos márgenes previsibles. Este no es el caso de Trump, capaz de cuestionar piezas fundamentales de la posición británica en la escena internacional: la Alianza Atlántica, el cambio climático, el acuerdo nuclear con Irán o la necesidad de contener los reflejos nostálgicos de Moscú. Incluso las promesas proteccionistas de Trump respecto a la industria estadounidense, siguiendo el lema America First, suenan contradictorias con la pretensión, probablemente excesiva, de la señora May de convertir el Reino Unido en la potencia líder del libre comercio mundial.

En el corto plazo, el trumpismo da alas al Brexit y debilita la posición negociadora de los 27, aunque presenta un reto insólito para la UE, acostumbrada a crisis controlables e incluso funcionales, que servían de plataforma y estímulo para los saltos hacia adelante. Así se ha resuelto todavía la crisis del euro, al menos momentáneamente. Pero las otras cuatro plagas que penden sobre la continuidad del proyecto europeo, y especialmente un Brexit jaleado por Washington, difícilmente podrán enfrentarse con un sistema tan lento y minimalista.

Los 27 han dado respuesta hasta ahora al reto británico con suficiente coherencia y unidad, cerrándose en banda a las pretensiones iniciales. Londres quería una negociación preliminar antes de activar el artículo 50 por el que se solicita el divorcio. También quería seguir en el mercado único, pero sin libre circulación de trabajadores. Ahora, tras el anuncio de un Brexit duro y de corte limpio, May pretende negociar en dos años la separación, la factura financiera del divorcio y la futura relación con la UE, con la que pretende gozar de todas las ventajas de una zona de libre comercio con Europa sin ninguno de los inconvenientes.

Habrá que ver si ahora los 27 aguantan el desafío. De momento no hay efecto dominó, aunque habrá que esperar a las elecciones presidenciales francesas y a las generales alemanas para comprobar si la oleada populista erosiona todavía más la posición europea. La estrategia británica busca hacer la paz aparte con el mayor número de socios europeos posibles para así debilitar la posición común. Todo acompañado de insinuaciones amenazantes de May respecto al papel británico en la defensa europea, al estatuto de los europeos que viven en Reino Unido o a la instalación de un gigantesco paraíso fiscal en las islas a las puertas de la UE.

La respuesta en dos fases de Angela Merkel a esta quinta plaga es concisa y clara. Cuando Trump ganó la elección presidencial le recordó los fundamentos del lazo transatlántico: “Alemania y Estados Unidos están conectados por los valores de la democracia, la libertad y el respeto de la ley y de la dignidad de los seres humanos, con independencia del origen, color de la piel, religión, género, orientación sexual o posiciones políticas, y yo ofrezco al próximo presidente de EE UU la más estrecha cooperación en base a estos valores”.

Cuando esta semana el nuevo presidente se ha expresado directamente a favor del Brexit y en contra de la UE, Merkel ha dado una respuesta que no se dirige a Trump, sino a sus conciudadanos: “El futuro de la UE está en manos de los europeos”. Si los 27 le hicieran caso y actuaran en consecuencia, Trump no pasaría a la historia como el quinto jinete que destruyó Europa sino como el revulsivo que, al fin, hizo despertar a los europeos.

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