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Antisemitismo, discriminación, violencia, locura.

Antisemitismo, discriminación, violencia, locura.

Antisemitismo, discriminación, violencia, locura.

 Roberto Cyjon.

Dispara esta nota es el despreciable episodio provocado por un furibundo antisemita, violento y golpeador. Amedrentó, amenazó y finalmente golpeó a una señora, empleada doméstica por ser “sirvienta de los judíos y encima pasearle al perro”. Además de la indignación que provoca, me genera en lo personal, un temor de proyección a otros antisemitas, no necesariamente golpeadores. En nuestro país, supuestamente estarían trabajando sesenta mil empleadas domésticas, quizás el número sea mayor aún. Como fuese, la cifra excede en varios múltiplos al número de “personas” judías en el Uruguay, ni que hablar de la mínima proporción que relaciona dicho servicio con “hogares judíos”. Primer punto: no todas las familias judías, tan uruguayas como el resto, contratan personal doméstico, ni todas las empleadas de tal servicio lo efectúan “para judíos”, cuanto menos paseando mascotas. O sea: la visión amplificada de este sujeto respecto a: sirvienta de “los judíos”, infiriéndolos como un único colectivo o gran cuerpo homogéneo, se debe reducir a su propio antisemitismo individual, sin eventuales generalizaciones engañosas. Segundo punto: es válido vincular este lamentable hecho, el cual quizás pueda verse como “puntual”, con otras violencias colectivas que hoy día nos preocupan “a toda” la sociedad. Este caso también debería ser condenado por la sociedad en general.

Aludimos a los comportamientos de violencia bajo argumentos deportivos, dentro o fuera de estadios, o saqueos de diversos tipos. Joseph A. Schumpeter esclarece: “(…) las realidades del comportamiento humano bajo la afluencia de aglomeración -especialmente la súbita desaparición, en un estado de excitación, de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y de sentir; la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales-, nos enfrenta con hechos siniestros que todo el mundo conoce”.[1]Este pensamiento no explica, obviamente, toda la problemática, pero permite visualizarla desde una óptica objetiva. Y aplica al evento que pretendemos analizar.

En el caso del antisemitismo, cuando a lo largo de la historia se trató de aglomeraciones, éstas devinieron en asesinatos en masa como los tristemente famosos pogroms. Pero en lo particular, y no por ello menos generalizado, el antisemitismo podría llegar a ser más sutil. Fruto de un “simple condicionamiento de vínculo”, muchas veces repentino. Por ejemplo: “¿Ah, eras judío?, no lo parecías.” Es dable preguntarse: ¿parecido a qué?, ¿cuál era dicha expectativa o a qué cosa debería parecerme? Ese residuo apegado al inconsciente que aflora súbitamente, no exime al discriminador de serlo, ni tampoco significa que conscientemente lo sea. Dicha persona podría insistir con honesta vehemencia, que no lo es; y sería comprensible. Las causas de dicha emoción reprimida pueden ser múltiples y complejas: religiosas, ideológicas, incluso antropológicas -como fue el caso extremo del nazismo-, o fruto de la ignorancia, pero nunca ingenuas. De todos modos, si se tratase de un humanista genuino, debería hacerse una autocrítica al respecto. Y a su vez, el discriminado debe “ayudarlo” a recapacitar.

 

Diferente es la discriminación racial, cuyo condicionamiento es previo por visible. Basta con percibir la diferencia del color de piel. Vemos con frecuencia, como dicha discriminación está sustentada en la misma “lógica homicida”. Individual o colectiva. Estos conceptos refieren a discriminaciones de género, diversidad sexual, capacidades diferentes, y tantas otras. Respecto a su materialización, cuando del imaginario se pasa a la acción, Hannah Arendt realiza una buena síntesis: “La violencia no promueve causas, ni la revolución ni el progreso (…) la práctica de la violencia originará un mundo más violento.”[2]

En Uruguay, hemos padecido este año, un caso dramático de asesinato judeofóbico en Paysandú, al Sr. David Fremd (cuya memoria será siempre recordada), por el solo hecho de ser judío.  Crimen cuya herida permanece abierta. Este trágico episodio ilustra lo reflexionado anteriormente, y nos remite al último término del título elegido. Solo los profesionales de la salud, podrán explicar la variedad de matices que separan las fronteras difusas entre cordura y locura. No obstante, lo que sí parecería estar claro, es que, aun tratándose de enfermos psiquiátricos, los asesinos antisemitas, raciales, de género, por religión o cualquier otro odio que imaginen, están inoculados por un germen que prosperó “previamente” en su insania mental.

Para evitar la segregación, hay que aprender de niños, jóvenes y adultos; en el hogar, centros educativos y ámbitos laborales. Tenemos la obligación de educarnos, educar y estar atentos a no discriminar. Este episodio de violencia contra la empleada doméstica, por el patético “argumento antisemita” de trabajar en un hogar judío, nos debe alertar y preocupar. A pesar de ser absurdo, no es trivial. En la cercana Navidad, Jánuca y Año Nuevo, propongamos votos tanto religiosos como laicos, por un mundo sin discriminación de ningún tipo. Valdrá la pena levantar una copa con tal consigna, y sobre todo: ejercerla.

 

 



[1] Schumpeter, Joseph A. (1942) “Capitalismo, socialismo y democracia”, Folio CECSO, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar.

 

[2] Arendt, Hannah (2012) “Sobre la violencia”, Madrid: Ciencia Política, Alianza Editorial.

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