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Israelíes y palestinos, el olvido La Vanguardia (Esp.)

Israelíes y palestinos, el olvido La Vanguardia (Esp.)

 

A diferencia de sus predecesores, Barack Obama puede abandonar la Casa Blanca sin un esfuerzo final para tratar de que israelíes y palestinos lleguern a un acuerdo de paz...

A diferencia de sus predecesores, Barack Obama puede abandonar la Casa Blanca –los estadounidenses votan en noviembre– sin un esfuerzo final para tratar de que israelíes y palestinos zanjen siete décadas de disputas, guerras y hostilidades con un acuerdo de paz. Con ­Estados Unidos reacia a la labor y una Unión Europea desaparecida en la región, existe el riesgo de dar por bueno y definitivo el estatus actual, que ni garantiza la paz a Israel ni normaliza la vida del pueblo palestino. De ahí la importancia de una negociación en curso, ­discreta en las formas, ambiciosa en los objetivos, promovida por un grupo de judíos marroquíes con el respaldo del rey Mohamed VI.

La iniciativa de paz de la Federación Mundial de ­Judíos Marroquíes empezó hace cuatro meses y fue rápidamente aceptada por el debilitado presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abas, que ha cumplido los 80 años y anhela, a modo de legado, un acuerdo definitivo con Israel. Beniamin Netanyahu, el primer ministro israelí, ha dado el plácet a esta iniciativa, conocida ya como opción marroquí.

Desde la guerra de los Seis Días en 1967, el conflicto palestino-israelí ha sido el problema número uno del mundo, tanto en el plano informativo como en la agenda diplomática de todas las cancillerías occidentales, árabes y Moscú. El enfrentamiento formó un cliché que terminó por asignar a Israel el papel del poderoso y a los palestinos el de víctimas pese al apoyo de los estados árabes –más retórico y discutible que unánime y real–. Equivocadamente, la opinión pública occidental creyó que la resolución justa del conflicto desactivaría el malestar y las frustraciones de estos pueblos sin caer en la cuenta de que había otros factores más poderosos y endógenos: el subdesarrollo económico, las dictaduras de todo signo, el peso de la religión y el resentimiento al ver que los trenes del desarrollo –visibles en Asia Oriental o la propia India– pasaban de largo. Los atentados del 11-S reavivaron la teoría de que el terrorismo estaba ligado al conflicto palestino-israelí y era urgente aumentar la presión a Israel sobre la base de los acuerdos de Oslo de 1993, que consagraban el derecho palestino a un Estado. La evolución del terrorismo de Al Qaeda y el Estado Islámico ha desmontado esta simplificación. No parece que la suerte de los palestinos preocupe al yihadismo, con el agravante de que la región está desestabilizada por otra rivalidad: la guerra entre suníes y chiíes.

La preocupación internacional ya no está focalizada en los territorios palestinos e Israel. Hay matanzas cotidianas y más importantes en otros puntos de la región y eso ha desplazado el foco. Tampoco la Autoridad Nacional Palestina, tras el fallecimiento de Yasir Arafat en 1994, ha ganado en peso, al contrario: el octogenario Mahmud Abas no controla la franja de Gaza, en manos de Hamas. Y la violencia de la tercera intifada –la de los ataques con cuchillos– está muy lejos, afortunadamente, de la registrada en las dos anteriores.

La opción marroquí se beneficia de que Washington y Europa no dan por buena la situación actual y man­tienen una línea roja, conforme a Oslo: los palestinos tienen derecho a un Estado propio (e Israel el derecho a ser reconocido y no atacado). En el interés de todos está que la futura Palestina tenga, además, un liderazgo moderado, el que hoy encarnan Abas y su movimiento, Al Fatah.

 

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