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Amos Oz corremos peligro de un Israel con mayoría árabe...

Amos Oz corremos peligro de un Israel con mayoría árabe...

Preocupados, comenzamos a pensar

 

 

 

La receta de Amos Oz para salvar a Israel

Para impedir el surgimiento de una dictadura de judíos fanáticos, o el de un estado árabe en Israel, debemos dejar de tratar de “manejar el conflicto” y crear aquí dos estados.  Ahora. (Extractos de dos charlas recientes de Oz.)

Amos Oz, Haaretz,  marzo de 2015.

Enviado desde Israel por Mauricio y Juana

Empecemos por lo más importante, una cuestión de vida o muerte para el estado de Israel: si no va a haber dos estados aquí, y muy pronto, habrá aquí un estado. Si va a haber un estado aquí, será un estado árabe, desde el mar hasta el río Jordán. Si va a haber un estado árabe aquí, no envidio a mis hijos ni a mis nietos.

Dije un estado árabe, desde el mar hasta el río Jordán. No dije un estado binacional: con excepción de Suiza, todos los estados binacionales y multinacionales existentes crujen malamente (Bélgica, España) o ya han colapsado en un baño de sangre (Líbano, Chipre, Yugoslavia, la Unión Soviética).

Si no hay aquí dos estados, y muy pronto, es muy posible que, para evitar el surgimiento de un estado árabe desde el mar hasta el río Jordán, gobierne aquí temporariamente una dictadura de judíos fanáticos, una dictadura de características racistas, una dictadura que reprimirácon mano de hierro tanto a los árabes como a sus propios opositores judíos.

Esa dictadura tendrá una vida corta. Casi ninguna dictadura de una minoría que reprime a la mayoría ha sobrevivido mucho tiempo en la era moderna. Al final de ese camino, también nos espera un estado árabe, desde el mar hasta el río Jordán, y antes, quizás, un boicot internacional, o un baño de sangre, o ambos.

Hay aquí toda clase de sabiondos que nos dicen que no hay solución al conflicto, y que por consiguiente predican la idea de “manejarlo”. “Manejar el conflicto” tiene exactamente el mismo aspecto que tuvo el verano pasado. “Manejar el conflicto” significa una sucesión de una segunda, tercera, cuarta y quinta guerras del Líbano. Y de las operaciones Plomo Fundido, y Pilar de Defensa, y Margen Protector, y Arco y Flecha, y Botas de hierro, y Despedacémoslos. Y quizás también una intifada o dos en Jerusalén y los territorios. Hasta el colapso de la Autoridad Palestina y el ascenso de Hamás, o de un grupo más extremista y más fanático que Hamas. Eso es lo que significa “manejar el conflicto”.

Hablemos ahora un  momento de la resolución del conflicto. Durante un siglo o más (un período que puede llamarse “cien años de soledad”) no hemos tenido un momento más propicio para terminar el conflicto. No porque los árabes se hayan vuelto repentinamente sionistas, y no porque ahora estén dispuestos a reconocer nuestro derecho histórico sobre esta tierra, sino porque Egipto y Jordania y Arabia Saudita y los emiratos del Golfo y los países del Magreb –e incluso la Siria de Bashar Assad– tienen ahora, y por el futuro previsible, un enemigo mucho más inmediato, más destructivo y más peligroso que el estado de Israel.

Hace trece años, se puso en la mesa la iniciativa de paz saudita, que en realidad era una propuesta de la Liga Árabe. No recomiendo que Israel se apresure a firmar en la línea de puntos al pie de la propuesta, pero decididamente merece que la negociemos y regateemos. Ya debimos hacerlo hace 13 años; quizá estuviéramos hoy en una situación completamente distinta. Si nos hubieran hecho una propuesta similar en los días de los primeros ministros David Ben Gurión y Levi Eshkol., en el período de los “no” de la reunión cumbre árabe de Kartum, casi todos nosotros hubiéramos salido a bailar en las calles.

Diré ahora algo polémico: por lo menos desde la guerra de los seis días en 1967, no hemos ganado una guerra. Incluida la guerra de Iom Kipur de 1973. Una guerra no es un partido de básquetbol, en el cual el equipo que convierte más puntos gana la copa y recibe una felicitación. En una guerra, incluso si destruimos más tanques que el enemigo, y abatimos más aviones, y conquistamos territorio enemigo... eso no significa que hayamos ganado. En una guerra, el victorioso es el que logra sus metas, y pierde el que no las logra.

En la guerra de Iom Kipur, la meta del presidente egipcio Annuar Sadat era romper el statu quo creado en 1967, y lo logró. Nosotros fuimos derrotados, porque no logramos nuestra meta, y la razón fue que no teníamos una meta, ni podíamos tener una meta alcanzable mediante la fuerza militar.

¿Lo que dije implica que la fuerza militar es superflua? De ninguna manera. En todo momento durante los últimos 70 años, nuestra fuerza militar se interpuso incesantemente entre nosotros y la destrucción y la aniquilación. Pero siempre debemos recordar esto: en lo que respecta a Israel y sus vecinos, nuestra fuerza militar solo puede ser preventiva. Para prevenir un desastre. Para impedir la aniquilación. Para impedir un ataque masivo a nuestra población.  Pero nunca podremos ganar guerras, porque sencillamente no tenemos metas alcanzables mediante la fuerza militar. Y por eso, como dije, considero que “manejar el conflicto” es una receta para un problema tras de otro... sin mencionar una derrota tras de otra.

El gran garrote de Israel

Una gran mayoría de los israelíes, demasiados israelíes, creen –o les han lavado el cerebro para que crean– que si simplemente cogemos un gran garrote y castigamos con él a los árabes una vez más, bien fuerte, se amedrentarán y de una vez por todas nos dejarán tranquilos, y todo marchará bien. Durante casi cien años los árabes no nos han dejado tranquilos, a pesar de nuestro gran garrote.

Y mientras tanto, nuestro dominio de opresión en los territorios ocupados está erosionando a la Autoridad Palestina. Cuando ésta caiga, nos encontraremos enfrentando a Hamas, si no a algo peor, también en la Margen Occidental. Millones de palestinos subyugados sin derechos. Israel ya ha saqueado alrededor de un tercio del territorio de la Margen Occidental, y el saqueo continúa.

La derecha y los colonos nos dicen que tenemos derecho sobre toda la Tierra de Israel. Que tenemos derecho al Monte del Templo. ¿Pero qué quieren decir, realmente, con la palabra “derecho”? Un derecho no es algo que queremos mucho y también creemos mucho que lo merecemos: es lo que los demás reconocen como mi derecho. Si los demás no reconocen mi derecho, o si solo algunos reconocen mi derecho, entonces lo que tengo no es un derecho sino una reivindicación.

Esa es precisamente la diferencia entre Ramle y Ramalla, entre Haifa y Nablus, entre Beer Sheva y Hebrón: todo el mundo, incluida la mayor parte del mundo árabe y musulmán (aparte de Hamas, Hezbollá e Irán) reconocen hoy en día que Haifa y Beer Sheva son nuestras. Pero nadie en el mundo, aparte de los colonos y sus partidarios en la extrema derecha de Estados Unidos, reconoce que Nablus y Ramalla nos pertenecen. Y esa es la diferencia entre un derecho y una reivindicación.

Los colonos y sus partidarios dicen:  “Tenemos derecho a toda la Tierra de Israel”. Pero de hecho lo que eso significa es algo completamente distinto: no es que tengamos un derecho, sino un deber religioso de aferrarnos a cada pedazo de tierra. Cuando estoy en un cruce peatonal,  tengo sin duda derecho a cruzar la calle. Pero si veo acercarse un camión a 100 kilómetros por hora, , también tengo pleno derecho a no ejercer mi derecho y a no cruzar la calle.

Hablo, por ejemplo, del Monte del Templo. ¿Por qué no tendrían derecho los judíos a orar en el Monte del Templo? Y, sin embargo, también tenemos derecho a no ejercer ese derecho en esta generación. Para algunos de nosotros, el conflicto con 200 millones de árabes ya es poca cosa; están cansados de eso, está empezando a aburrirse y quieren algo de acción. Quieren llevarnos a una guerra con todo el Islam. Con Indonesia y con Malasia, con Turquía y con el Paquistán nuclear.

Y pregunto: ¿morir por las plegarias en el Monte del Templo?  Eso no está escrito en ninguna parte de las fuentes judías. No es un imperativo incondicional. Si alguien quiere desencadenar una guerra mundial en honor del Monte del Templo, háganlo sin mí, por favor, sin mis hijos, sin mis nietos.

El permanente comercio del miedo

Ni siquiera una guerra contra todo el Islam les alcanza. Algunos de ellos nos dirigen hacia una guerra con todo el mundo. Hace unos 40 años, después de la sorpresa política de 1977, cuando el Likud llegó al poder, el editor de un diario estaba tan encantado con los acontecimientos que abrió su editorial con unas palabras inolvidables: “La victoria del Likud en Israel restituye a los Estados Unidos a sus verdaderas dimensiones.”

También hoy en día parece que hay un intento israelí de restituir a Estados Unidos a sus verdaderas dimensiones. De destruir la alianza entre Estados Unidos e Israel en favor de una alianza entre nuestra extrema derecha y la extrema derecha estadounidense. Lo que nos dicen hoy es más o menos lo siguiente: “El líder del mundo libre está luchando solo contra el proyecto nuclear iraní. ¿Por qué el presidente Barack Obama interfiere constantemente?” No debemos olvidar nunca que por lo menos dos veces en nuestra historia nos vimos envueltos en una guerra contra casi todo el mundo, y esas dos ocasiones terminaron muy mal.

Imagino un tiempo, no muy lejano, en que los trabajadores de Amsterdam, de Dublín o de Madrid se nieguen a prestar servicios a los aviones de El Al. En que los compradores boicoteen los productos israelíes y los dejen en las góndolas. Los inversionistas y los turistas evitarán a Israel. La economía israelí se derrumbará. ya hemos recorrido la mitad de ese camino. David Ben Gurión nos enseñó que Israel no es viable sin el apoyo de al menos una gran potencia. ¿Cuál potencia? Varía. En una época lo fue Inglaterra, en otra incluso la Rusia de Stalin, en otra Inglaterra y Francia, y en los últimos decenios lo ha sido Estados Unidos. Pero decididamente la alianza con Estados Unidos no es parte del orden natural de las cosas. Esa alianza es un elemento variable, no uno permanente. Una de las distinciones más importantes en la vida de un individuo y la vida de las naciones es la distinción entre lo permanente y lo que es variable y transitorio.

Durante décadas nos asustaron para que creyéramos que, si devolvíamos los territorios, “un ejército soviético aparecería cerca de Kfar Sava.” No puedo asegurarles con certeza que si devolvemos los territorios todo va a ser maravilloso. Pero sí puede decirse con certeza que no habrá un ejército soviético cerca de Kfar Sava.

Los mismos mercaderes del temor que nos asustaban con el ejército soviético a las puertas de Kfar Sava nos vuelven a asustar ahora, diciendo que si nos retiramos de los territorios los misiles golpearán a Tel Aviv, el Aeropuerto Internacional Ben Gurión y Kfar Sava. No sé con seguridad si eso es cierto, pero puedo decirles, con toda la autoridad de un sargento de las Fuerzas de Defensa de Israel: ya es posible hoy en día atacar el aeropuerto, Tel Aviv y Kfar Sava con misiles, no solo desde Qalqilyah sino también desde Irán, desde Paquistán e incluso quizás desde Indonesia.

Una vez más, como en el caso del ejército soviético en Kfar Sava, tenemos un caso de desafortunada ausencia de distinción entre lo variable y lo permanente. Si no hoy, mañana o pasado mañana será posible lanzar ataques mortales y precisos con misiles desde cualquier parte del mundo hacia cualquier otra parte. ¿Vamos a despachar a las FDI a conquistar todo el planeta?

Que los Estados Unidos sean nuestro aliado es variable. Que los palestinos sean nuestros vecinos y que vivamos en el corazón del mundo árabe y musulmán es permanente. Incluso el peligro del proyecto nuclear iraní es variable y no permanente, porque aun si nosotros u otros bombardean las instalaciones nucleares de Irán, no podremos bombardear el know how. Porque es posible que el Paquistán nuclearizado se convierta mañana en un estado islámico aun más extremista que Irán; porque nadie puede impedir a nuestros ricos enemigos que compren armamento nuclear disponible en el comercio y lo apunten contra nosotros; y, sobre todo, porque dentro de unos pocos años cualquiera que quiera tener armas de destrucción masiva podrá obtenerlas; y por eso, también, el elemento permanente debe ser la capacidad de disuasión de Israel. En contraste, las capacidades de nuestros enemigos, nucleares o de otra clase, son una variable que, en última instancia, no depende de nosotros.

Justicia contra justicia

A diferencia de mis amigos en la izquierda paloma, he dicho que no puedo garantizar que si abandonamos los territorios con un tratado de paz todo será maravilloso. Pero estoy seguro de que si nos quedamos en los territorios todo empeorará. Si nos quedamos en los territorios, al final habrá un estado árabe desde el mar hasta el río Jordán.

En este punto quiero discrepar conmigo mismo y con algunos de mis amigos de la izquierda paloma. Hay millones de israelíes que estarían dispuestos a prescindir de los territorios a cambio de la paz, pero no les creen a los árabes. No quieren ser estafados. Tienen miedo. No hay que tomar el miedo a la ligera ni burlarse de él.  Uno puede, quizás, apaciguar el miedo. Moderarlo. Tampoco le haría mal a la izquierda paloma, quizás, compartir un poco de ese miedo. Hay algo a lo que temer. Una persona que tiene miedo, con razón o sin ella, no merece el desprecio ni el ridículo ni la burla. Tenemos que debatir la idea de paz por territorio no con el ridículo ni la burla, sino como personas que contrapesan un peligro contra otro.

Hay otro error que cometen mis amigos de la izquierda paloma: a veces piensan que la paz está en un estante alto de una juguetería. Estiras la mano y lo tocas. Papá Rabin casi la tocó en los acuerdos de Oslo, pero era demasiado avaro para pagar todo el precio y no nos trajo el juguete. Papá Ehud Barak casi lo tocó en Camp David, pero fue demasiado avaro para pagar todo el precio y volvió sin la paz.  Y lo mismo Ehud Olmert, un papá avaro, un papá que no nos quería lo suficiente. Porque, si no, hubiera pagado el precio completo y nos habría traído hace rato la ansiada paz.

No acepto nada de eso. Creo que la paz tiene más de un socio. El proverbio árabe dice que “no se puede aplaudir con una sola mano”. Pero hoy tenemos un socio para las negociaciones. Durante años, los lavadores de cerebros nos decían que Yasser Arafat de la OLP  era demasiado fuerte y demasiado malvado; hoy nos dicen que Abu Mazen de la AP es demasiado débil. Nos dicen que cuando los palestinos nos matan, es imposible hacer la paz con ellos, y que cuando dejen de matarnos no habrá razón para hacer la paz con ellos.

Mi punto de partida sionista desde hace décadas es el siguiente: no estamos solos en esta tierra. No estamos solos en Jerusalén. Les digo lo mismo a mis amigos palestinos. No están solos en esta tierra. No hay otra opción que dividir esta pequeña casa en dos apartamentos aun más pequeños. Sí. Una casa de dos familias. Y, como escribió el poeta Robert Frost, las buenas cercas hacen buenos vecinos.

La idea que escuchamos estos días de un estado binacional, que viene tanto de la extrema izquierda como de la derecha lunática, me parece que es una broma de mal gusto. Después de cien años de sangre, lágrimas y desastres, es imposible esperar que de repente los israelíes y los palestinos se acuesten en una cama de dos plazas y empiecen una luna de miel. Si en 1945 alguien hubiera sugerido unir a Polonia y Alemania en un estado binacional, probablemente lo hubieran encerrado en un manicomio.

Parece que fui el primero en escribir, poco después de la gran victoria de la guerra de los seis días, que “la ocupación nos corromperá”. En ese artículo escribí que la ocupación corromperíatambién a los ocupados. No, nosotros y los palestinos no podremos convertirnos en “una familia feliz” mañana. Necesitamos un divorcio justo. Después de un tiempo, quizás llegue la cooperación, un mercado común, una federación. Pero en la etapa inicial, el país debe ser un hogar para dos familias, porque no estamos yendo a ninguna parte. No tenemos a dónde ir. Ni tampoco los palestinos están yendo a ninguna parte. Tampoco tienen a dónde ir.

En el fondo, la disputa entre nosotros y los palestinos no es un western de Hollywood con muchachos buenos contra villanos, es una tragedia de justicia contra justicia; lo escribí hace casi 50 años, y lo sigo creyendo hoy. Y con frecuencia, lamento decirlo, de injusticia contra injusticia.

Un cirujano en la sala de emergencia, cuando está frente a alguien que sufre lesiones en todo el sistema, se preguntará: ¿Qué hacer primero? ¿Qué es lo urgente? ¿Qué es lo que puede matar al paciente? En el caso de Israel, no es la coerción religiosa, ni siquiera la vivienda accesible, ni siquiera incluso el precio de los postres Milky: esla continuación del conflicto con los árabes, que se está convirtiendo en una guerra contra todo el mundo. Una guerra de esa clase pone en peligro nuestra propia existencia.

Quizás sea este el lugar para revelar el secreto más profundo de Israel: que en realidad somos más débiles, y siempre hemos sido más débiles, que todos nuestros enemigos tomados en conjunto. Durante décadas, nuestros enemigos han estado inundados de una retórica salvaje sobre la aniquilación de Israel y sobre arrojar a los judíos al mar. Fácilmente podían haber enviado un millón de combatientes contra nosotros, o dos millones, o tres millones. Nunca mandaron más de algunas decenas de miles porque, a pesar de la retórica asesina, la existencia o la destrucción de Israel nunca fue para ellos una cuestión de vida o muerte; no para Siria, no para Libia, no para Egipto e incluso no para Irán. Quizá lo ha sido para los palestinos pero, por suerte para nosotros, son demasiado pequeños para vencernos. La suma total de nuestros enemigos hace tiempo que podría habernos vencido, si tuviesen una motivación verdadera y no solo una motivación retórica y propagandística. Un aventurerismo nuestro sobre el Monte del Templo podría, Dios no lo permita, darles esa motivación.

No estoy seguro de que el altercado con los árabes pueda terminarse de un día para otro. Pero es posible intentarlo. Creo que hace tiempo que es posible reducir el conflicto entre Israel y los palestinos a un conflicto entre Israel y Gaza.

Es difícil ser profeta en una tierra de profetas. Hay demasiada competencia. Pero mi experiencia vital me ha enseñado que en el Medio Oriente las palabras “para siempre”, “nunca” o “a ningún precio” significan cualquier cosa entre seis meses y 30 años.

Si me hubieran dicho, cuando me convocaron en las reservas al Sinaí durante la guerra de los seis días, o a las alturas del Golán en la guerra de Iom Kippur, que un día podría visitar Egipto y Jordania, con una visa egipcia y una visa jordana estampadas en mi pasaporte israelí, yo, el paloma, el mercader de la paz, hubiera dicho: “No exageren; quizás mis hijos o mis nietos, pero no yo.”

Para terminar, quiero dirigir nuestra atención al hecho de que durante décadas este país ha experimentado una edad de oro cultural. En la literatura, el cine, las artes. En alta tecnología, en pensamiento filosófico, en ciencia y tecnología. Por lo general, la gente habla con nostalgia de una “edad de oro” cuando ya pasó. Pero Israel ha estado en vías de una edad de oro creativa desde hace algunos decenios. Para mí, por ejemplo, la ciudad de Tel Aviv, la primera ciudad hebrea, es nuestra creación colectiva y no es menos importante, quizás sea más importante, que la literatura rabínica escrita en la diáspora, o que la poesía judía compuesta en España. Posiblemente Tel Aviv no sea menos maravillosa que el Talmud babilónico. Y es solo una de nuestras creaciones colectivas aquí, en la tierra de Israel. Hay quienes atacan este acto de creación, también, porque piensan que la cultura hebrea es demasiado izquierdista. Hubo, y hay todavía, regímenes que incitan habitualmente contra la cultura, debido a que casi siempre, en todo momento y en todo lugar, la mayoría de los creadores de la cultura albergan tendencias opositoras.

Ahora es tiempo para una pequeña confesión: amo a Israel incluso cuando no puedo tolerarlo. Si mi destino es caerme un día en la calle, quiero caer en una calle en Israel. No en Londres, no en París, no en Berlín y no en Nueva York. Aquí, la gente me levantará. Cuando vuelva a estar parado, habrá sin duda unos cuantos que estén deseando que me vuelva a caer, pero si me vuelvo a caer alguien me volverá a levantar.

El futuro me genera mucha ansiedad. Tengo miedo de la política del gobierno, y esa política me avergüenza. Tengo miedo del fanatismo y la violencia que se extienden por aquí, y también eso me avergüenza. Pero me siento bien por ser un israelí. Me siento bien por ser un ciudadano de un país con ocho millones de primeros ministros, ocho millones de profetas, ocho millones de mesías. Cada uno con su fórmula personal para la redención. Todos gritan, solo unos pocos escuchan. No es aburrido. Y a veces es intelectual y emocionalmente fascinante.

Lo que he visto aquí en la vida que me tocó es a la vez mucho menos y mucho más que lo que soñaron mis padres, y los padres de mis padres.

Basado en una charla en un simposio en memoria del Tte. Gral. Amnon Lipkin-Shahak en el Centro Interdisciplinario de Herzliya, el 1 de febrero, y en una ponencia ante la conferencia del Instituto de Estudios para la Seguridad Nacional, en Tel Aviv, el 17 de febrero.

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