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Queremos fatuas

Queremos fatuas

 Queremos fatuas

En estos tiempos convulsos, la amenaza global del yihadismo aún no ha

convertido en certidumbre las posiciones de cada nación en el tablero. Por

ejemplo, Turquía forma geográficamente parte de Europa, pero cultural y

religiosamente de Oriente; dice combatir al terrorismo, pero permite la entrada

y salida de yihadistas desde las zonas controladas por Daesh. En otro bando

(que suponemos opuesto), Rusia aprovecha el ansia europea de respuesta a

los últimos atentados para bombardear también a los enemigos no yihadistas

de su aliado y valedor de su base militar en el Mediterráneo, el presidente sirio.

Pero en esta guerra de nuevo corte (internacional, por no llamarla con el

nombre tabú de mundial), lo menos claro es el frente interno. Las naciones

atacadas por la guerra santa expansionista del Islam radical miran con recelo a

sus minorías musulmanas, pero con temor a ofenderlas y “provocar” una mayor

radicalización. Porque la idea de que la culpa del conflicto es de los pueblos

libres, democráticos y occidentales ha calado incluso entre sus propias filas.

Esta postura, que algunos califican de “buenismo”, paraliza cualquier reacción

a largo plazo. El mayor representante mundial de esta actitud política coincide

con el líder de la mayor potencia, cuyas declaraciones hace años dejaron clara

su política de no intervencionismo, que encendió las primaveras árabes que no

han podido evitar traducirse en una toma del poder por los extremistas. Si de

algo puede acusarse a los EE.UU. en la génesis de Daesh es justamente de su

inacción.

El buenismo no sólo se traduce en la inacción “pacifista” (en lugar de otra

mejilla tendríamos que tener un segundo gaznate que ofrecer a los

degolladores), sino en la inversión de la causalidad. Por ejemplo, la primera

declaración que suele seguir a un grave atentado reivindicado por islamistas

suele ser de alerta ante posibles reacciones islamófobas, incluso cuando (como

en los ataques de enero en París y Copenhague) las víctimas son judías. En

Europa nadie se atreve a pronunciar la palabra antisemitismo sin resaltar

después la islamofobia aunque, al menos en nuestro entorno, nunca se haya

producido un ataque contra una mezquita y sí varios a sinagogas.

Son ocasiones en las que incluso el presidente de un país laico por definición,

como Francia, sale a la palestra para enseñarnos la verdadera esencia de una

religión, el Islam, como fuente de paz. También asistimos asombrados a las

escasas y poco concurridas manifestaciones en contra de las acciones

terroristas convocadas por las propias minorías musulmanas, a menos que sea

para enarbolar el temido temor al miedo de la islamofobia.

Hace años todos aprendimos que existen las fatuas, como la que condenó a

Salman Rushdie a vivir bajo protección policial toda su vida, por atreverse a

escribir un libro poco elogioso sobre su profeta. Hace mucho que esperamos

no una condena para la prensa local ni una foto detrás de una pancarta, sino

un verdadero pronunciamiento legal de uno o muchos muftíes, en contra de la

violencia terrorista a la que se puedan acoger todos los musulmanes de bien y

pacíficos que viven en entornos de libertad. Ellos (y nosotros) necesitamos

esas fatuas.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

 

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