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Mustafa Aykol, contra un Islam sangriento.

Mustafa Aykol, contra un Islam sangriento.

Estambul – New York Time

 A nosotros los musulmanes nos gusta creer que la nuestra es "una religión de paz", pero hoy en día el Islam es más una religión de conflicto y derramamiento de sangre.

 A partir de las guerras civiles en Siria, Irak y Yemen, de las tensiones internas en el Líbano y Bahrein, a la peligrosa rivalidad entre Irán y Arabia Saudí, Oriente Medio está plagado de conflictos intra-musulmanes que parecen volver a la antigua rivalidad entre suníes y chiíes .

La religión no es realmente la causa de estos conflictos - invariablemente, la política es el culpable. Pero el mal uso del Islam y su historia hacen de estos conflictos políticos más desgarradores  ya que las Partes, los gobiernos y las milicias afirman que están luchando por el mero o una cuestión territorial sino en nombre de Dios. Y cuando los enemigos son vistos como herejes y no como oponentes, la paz se vuelve mucho más difícil de lograr.
 
Mustafa Akyol
 

Esta fusión de religión y política, crean un veneno perfecto que está condimentado por  la sombra de todas las enseñanzas teológicas y morales.

 

El énfasis del Corán en la humildad y la compasión está marginado por la arrogancia y la agresividad de los grupos en conflicto.
 

Esto no es un problema nuevo en el Islam. Durante la dirección del profeta Mahoma, cuya autoridad fue aceptada por todos los creyentes del siglo VII, los musulmanes eran una comunidad unida. Pero poco después de la muerte del profeta, se dio un conflicto sangriento.  El problema no es la forma de interpretar el Corán o la forma de  interpretar las enseñanzas del profeta.

 

Se trataba del poder político: ¿Quién era el sucesor del profeta?

 

Esta cuestión política, enfrentó a la viuda del profeta Aisha contra  su yerno Ali.

Sus seguidores se mataron  en la infame Batalla del Camello en 656. Al año siguiente, se libró una batalla sangrienta donde los seguidores de Ali y Muawiya, gobernador de Damasco, se enfrentaron, generando la división entre chiitas y sunitas que aun persiste. En otras palabras, a diferencia de los primeros cristianos, que fueron divididos en sectas a través de las disputas teológicas sobre la naturaleza de Cristo, los primeros musulmanes se dividieron en sectas por disputas políticas acerca de quién debe gobernarlos.


Es hora de deshacer la fusión entre religión y la política.

 

En lugar de ver esta politización de la religión como algo natural o como motivo de orgullo, debemos verlo como un problema que requiere solución.


Esta solución debe comenzar por un cambio de paradigma sobre el propio concepto de la "califato."  No es sólo que el Estado Islámico se ha apropiado de  este concepto con fines maléficos. El problema es más profundo: el pensamiento musulmán tradicional considera al califato como parte inherente del Islam.

 

Por otra parte, una vez que el pensamiento musulmán ve al califato como una parte integral de la religión, los líderes políticos y académicos islámicos construyeron una tradición política autoritaria alrededor de ella.

 

Mientras el califa era virtuoso y respetuoso de la ley, los pensadores islámicos

obligaron a los musulmanes a que lo obedezcan.

 

 Esta tradición no tuvo en cuenta, que los beneficios eran a corto plazo ya que en el largo el poder puede caer en prácticas corruptas.

 

En la mitad del siglo XIX, el Imperio Otomano, entonces la sede del califato, dio un gran paso  en la tradición política musulmana mediante la importación de las normas liberales occidentales y sus instituciones. Los poderes del Sultán fueron limitados. Se eligió un parlamento y surgieron partidos políticos.  El califa se transformó en una monarquía constitucional estilo británico, para finalmente abolirse la institución del califato, luego de la Primera Guerra Mundial. 


El nacimiento del movimiento islamista fue una reacción a este vacío post-califato.

 

Los islamistas, excesivamente politizados mantienen la opinión de que la religión y el estado son inseparables. "La verdadera religión no es más que el sistema que Dios ha decretado para gobernar los asuntos de la vida humana, tal cual como escribió Sayyid Qutb, un prominente ideólogo islamista, en la década de 1960. Y puesto que Dios no ha bajado aun a gobernar los asuntos humanos, los islamistas deben hacerlo en su nombre.


No todos los pensadores islámicos tomaron esta línea. El erudito del siglo XX, Said Nursi vio la política no como un reino sagrado, sino  como un ámbito diabólico.

 

 "Me refugio en Dios en perjuicio de Satanás y de la política", escribió.

 

Sus seguidores construyeron un movimiento islámico en la sociedad civil de Turquía, amparándose en la libertad religiosa.

 

Del otro lado de la vía, académicos musulmanes contemporáneos como Abdelwahab El-Affendi y Abdullahi Ahmed An-Na'im han articulado argumentos islámicos poderosos para abrazar un secularismo liberal que respete la religión.

 

Ellos señalan con razón que los musulmanes necesitan del secularismo para poder practicar su religión como les parezca. Yo añadiría que los musulmanes también necesitan del secularismo para salvar la religión para que no sea usada como instrumento al servicio de causas bélicas.

 

No creo que el Islam debe ser ciego a la política.  La religión puede desempeñar un papel constructivo en la vida política, como cuando inspira a la gente en el poder a no mentir. Pero cuando el Islam se funde con el poder, o se convierte en un grito de guerra, sus valores comienzan a desvanecerse.


Mustafa Akyol es el autor de "Un Islam sin extremos” .

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