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Oscar Lebel QEPD

Oscar Lebel QEPD

Vivir la Mondiola.

La doña aceleró el paso todo lo que le permitieron sus piernas, empeñadas en temblar sin control. Cuando cruzó la puerta de La Covadonga, en 26 de Marzo entre Buxareo y Osorio, intentando seguir su rutina para comprar el pan de cada día, no se contuvo más y rompió a hablar atropelladamente, liberando los nervios en frases entrecortadas que le surgían a borbotones: ¿Han visto?… Ese hombre no sabe lo que hace… Ahí en la esquina de La Gaceta...

Era la fría mañana del 27 de junio de 1973. Aquello que tanto agitaba a la veterana clienta había comenzado unas horas antes, cuando el capitán de navío Oscar Lebel Schott se despertó, tan temprano como de costumbre, y prendió la radio. Música militar y alocuciones con pretensión de solemnidad le confirmaron lo que desde días atrás muchos temían: el golpe de estado contra las instituciones de la República se había consumado. Entre los comunicados que pretendían justificar el brutal ataque contra la democracia, y las rítmicas marchas marciales, sonó el himno. El segundo de los versos, tantas veces escuchado y cantado, resonó esta vez en la mente del marino Lebel con una fuerza y un significado nuevos: “Libertad o con gloria morir”.

Improvisó un cartel de algo menos de una braza de largo, con el texto “Soy el capitán de navío Oscar Lebel. Abajo la dictadura" y lo colgó en la fachada de la casa que da a 26 de Marzo, flanqueado por una bandera uruguaya y una de Artigas. Se vistió con orgullo el uniforme de la Armada, cargó su revólver reglamentario y esperó. La arriesgada decisión le había dado una gran paz. “Libertad o con gloria morir”, repitió para sí

Al igual que la doña de la panadería, al principio los vecinos vieron insensato el gesto, pero de a poco se fueron concentrando ante la casa de 26 de Marzo y La Gaceta, en apoyo del capitán rebelde. Alguno, más osado, comenzó a cantar en baja voz el himno y los demás lo siguieron, y el coro que inicialmente era casi un susurro se volvió atronador hasta el límite de la potencia de cada voz, en el momento de repetir “¡Tiranos temblad!". Lo que pretendía Lebel, que no era otra cosa sino propiciar una respuesta a la que se sumaran otros ciudadanos, había obtenido un tímido eco, y la reacción del poder no se hizo esperar.

Llegó un patrullero y, al poco, tres camiones del Ejército, que dispersaron a los congregados y convirtieron en paisaje bélico la pacífica esquina de La Mondiola. Soldados con metralletas se apostaron frente a la casa, y el teniente al mando conminó al marino a entregarse. “Si un solo soldado entra a mi casa, me mato” fue la radical contestación de Lebel, asomado al balcón con el cañón de su arma apoyado en la sien. La firmeza de aquel capitán de 48 años enmudeció a los sitiadores.

Fue una fecha triste y gris en todo el Uruguay, pero en aquella cuadra mondiolera el aire se volvía especialmente espeso conforme avanzaba la jornada y crecía la tensión. El propio Comandante en Jefe de la Armada, Víctor González Ibargoyen, llegó para intentar persuadir a su compañero de armas. Y al fin, a punto de caer la noche, Óscar Lebel fue conducido como prisionero de guerra al Destructor de Escolta “Artigas”. Pero aún no había terminado aquel día de miércoles.

El capitán Lebel fue confinado en un camarote que, inexplicablemente, no estaba cerrado con llave. El cautivo escuchó bullicio festivo, se asomó al corredor y vio a camareros. Los mozos le revelaron que se celebraba a bordo la despedida de soltero de un oficial. Ni corto ni perezoso, el prisionero abandonó su reclusión y se encaminó al salón donde tenía lugar el sarao. Saludó a los asistentes, muchos de ellos viejos conocidos, y ante el asombro general alzó una copa para brindar con voz alta y clara: “Por Artigas, de quien este barco lleva su glorioso nombre. Por la Constitución de nuestra República, conculcada por la canalla. Por tiempos que serán de democracia y libertad ¡Viva el Uruguay! ¡Viva la Armada!”, tras lo cual estrelló el vidrio contra un mamparo.

No se sorprenderán los lectores y amigos de Vivir La Mondiola si les decimos que a partir de ese punto las cosas empeoraron sustancialmente para nuestro vecino Óscar Lebel. Esposado, fue conducido a la Escuela Naval y sólo pudo librarse de dormir sujeto con grilletes a la cama porque alegó que padecía incontinencia y necesitaría levantarse para orinar. Al arresto, Lebel respondió con una huelga de hambre que mantuvo durante diez días. Su forcejeo con las autoridades dictatoriales se mantuvo hasta que, en 1977, lo expulsaron de la Armada. Años después trascendería que hubo sectores dentro del Ejército que pretendieron que fuera fusilado.

Rehabilitado en 1987, tras la recuperación de la democracia, nuestro capitán fue ascendido a Contralmirante en junio de 2001. En setiembre de 2011 fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo. Un galardón que no reconoce solamente la valerosa actuación que se narra en esta nota, sino también la brillante y poliédrica trayectoria de este mondiolero: escritor, profesor y traductor de varios idiomas, además de marino militar y mercante. Hijo de austríaco y alemana, nacido en Nueva Helvecia el 10 de mayo de 1925, su producción literaria abarca la novela, el ensayo y la autobiografía, siendo sus obras más destacadas “El viejo Günter”, “El cocinero del rey”, “Ancap, una visión geopolítica del Uruguay en el mundo del petróleo", “La muerte del lobo” y “Biografía de un hombre que perdió el miedo”.

 

 

 

 

 

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