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La edad de oro perdida en Afganistán (Un poco de historia...)

La edad de oro perdida en Afganistán (Un poco de historia...)

Foto Un hombre afgano pasea en bicicleta cerca de un edificio en ruinas a causa de la guerra. Shah

Francis Ghilès

Llegaban, masacraban y se largaban. Los invasores, ya fuera en el siglo XIX (los británicos), el XX (los rusos) o XXI (los estadounidenses y sus aliados de la OTAN) han tratado siempre a Afganistán como un premio estratégico. Llegaban al país con la vista puesta en sus propios objetivos, políticos y materiales. Con cada oleada, se repiten las mismas preguntas sobre los motivos de su fracaso, pero cada nuevo invasor parece no aprender nunca de la guerra anterior. Por supuesto, la intervención extranjera en Afganistán es un hecho muy antiguo: el rey Ciro el persa seis siglos antes de Cristo, luego Alejandro Magno y, siete siglos después de Cristo, los primeros ejércitos musulmanes.

Lo que atraía a la mayoría de estos invasores, antiguos y modernos, era la situación de Afganistán en Asia;  el país tenía pocos atractivos, pero el hecho de que estuviera en el centro significaba que cualquier imperio con sede en Irán, India o Asia Central tuviera la tentación de poseer franjas de él pata servir de protección. Afganistán es difícil de controlar, y no tiene límites geográficos que dividan unas zonas y otras, y ese el motivo de que tantos extranjeros, a la hora de la verdad, hayan salido derrotados. Estados Unidos y sus aliados, en especial Gran Bretaña -que debería haber tenido en cuenta sus experiencias- sufren hoy la misma suerte que los monarcas persas hace 26 siglos.

David Loyn es un destacado periodista de la BBC que entró en Kabul con los talibanes en noviembre de 1996 y ha informado sin descanso sobre ese país salvaje, inhóspito y de una belleza asombrosa. En un relato claro y fresco, que mezcla la historia con los sucesos de los últimos 36 años, desde que la Unión Soviética invadió Afganistán, el autor comienza con la expresión desdeñosa que solían utilizar los soldados británicos de la época victoriana a las tribus afganas: los “masacraban” y luego “se largaban”. Su libro ofrece una saludable panorámica de la barbarie común a todas las intervenciones extranjeras desde 1842, cuando una expedición británica culminó en un desastre de tal magnitud que fue la pesadilla de Londres durante decenios. Los dirigentes británicos estaban convencidos de su propia superioridad, tanto militar como moral, y un siglo y medio después hicieron gala de la misma arrogancia y falta de interés por la historia, esta vez compartidas con los responsables de EE UU y la OTAN.

En esta ocasión, la guerra tiene diferencias fundamentales con conflictos anteriores. Ya no es un problema afgano. Los talibanes, con quienes el gobierno de Kabul y los estadounidenses tendrán que negociar y repartirse el poder si quieren que vuelva una cierta dosis de paz a un país devastado, cuentan con el respaldo y el refuerzo de elementos del Ejército y la policía secreta paquistaníes, y la yihad está extendiéndose al país vecino y más allá. Cualquier negociación con ellos afectará a las mujeres, que han adquirido derechos en los últimos años: es muy probable que se los arrebaten y vuelvan a someterlas más. Gran Bretaña estaba dispuesto a sacrificar a los habitantes del país en un cínico ejercicio de realpolitik.

Afganistán, hoy, es un país destrozado por 36 años de brutalidad incalculable, asesinatos en masa, edificios históricos destruidos, una orgía de violencia que hace que sea muy difícil comprender el importante papel que tenía hace un milenio, junto con otros países de Asia Central, como modelo de ilustración. Es una historia triste y hermosa, aún más porque es prácticamente desconocida en Occidente. El relato de esa ilustración perdida al que da vida con enorme elocuencia S. Frederick Starr cuenta la historia olvidada de ciudades como Merv, Nishapur, Herat, Samarkanda, Bujara, Gurganj y Gazni, que albergaron a algunas de las mentes más brillantes del mundo entre los años 750 y 1150; unas ciudades y unos Estados que eran los primeros del mundo en desarrollo económico y comercio y que presumían de refinamiento artístico (arquitectura, ciencia, filosofía y poesía), en las que el papel era de uso habitual y se bebía vino incluso después de convertirse a la fe musulmana, en las que el maniqueísmo y el zoroastrismo ejercieron una influencia duradera.

Los nombres de Ibn Sina, Burumi, Kwarazmi y Farabi están hoy casi en el olvido. A muchos los consideramos árabes porque pasaron parte de su vida en Bagdad, la espléndida capital del califato abásida. Estos científicos cumplieron un papel crucial como intermediarios entre China, y sobre todo India, por un lado, y el nuevo mundo musulmán, por otro. Convencieron a los árabes de que adoptaran el sistema decimal, inventado en India. ¿Qué se puede decir de estos pensadores como grupo? Los autores destacan lo extraordinariamente modernos que eran cuando “afirmaban que no hay uno, sino muchos medios de llegar a las verdades científicas, que incluyen la deducción, la argumentación lógica, la intuición, la experimentación y la observación. Con ello, ampliaron y profundizaron inmensamente el empeño científico”……..

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