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El multiculturalismo es un fraude

El multiculturalismo es un fraude

  Por qué el multiculturalismo de clase media es un fraude

 David Rosenberg 23-nov-2016 9:19
 

A la clase media le gusta pensar que son ciudadanos del mundo, pero  basta con subir o bajar unos cuantos peldaños en la escala socioeconómica para comprobar que dicho sector está en soledad.


Hoy en día es fácil señalar a los enemigos de la globalización - son Donald Trump, los partidarios del Brexit, Marine Le Pen y  las personas que reciben sus noticias del Breitbart y los tabloides de Londres.

Sabemos por qué están enojados: han sido los perdedores por la marea de inmigrantes y por la deslocalización de las fábricas. Sabemos más o menos saber lo que quieren: un regreso los días felices cuando los autos se hacían en  Detroit, y todos en tu vecindario hablaban el mismo idioma y se vestían igual.

Pero, ¿quiénes son los amigos de la globalización? Una encuesta interesante tomada por The Economist muestra que están todos en Asia.

Entre los 19 países encuestados, los siete donde la gente tenía más probabilidades de decir que la globalización era una fuerza para el bien, se encontraban todos en la India o más al este. Los ocho donde los encuestados menos apoyaban estaban todos en Occidente, con la excepción de Arabia Saudita.

Con su tendencia a explicar todo en términos económicos, The Economist encontró una fuerte correlación entre el apoyo a la globalización y el crecimiento económico.

Seis de los siete partidarios asiáticos de la globalización disfrutaron de un crecimiento del PIB per capita alto en 2011-15. China, el mayor beneficiario del comercio y la inversión mundial durante la última década, no fue incluida en la encuesta. Pero los países que fueron encuestados, como Vietnam, India y Malasia, todos han exportado su camino hacia la prosperidad.

 A diferencia de Occidente, la globalización no les ha obligado a sacrificar nada en el camino en términos de identidad nacional y solidaridad cultural. Casi todos los países asiáticos amigables a la globalización albergan a muy pocos inmigrantes y las políticas de identidad que han dividido a Occidente no existen.

Incluso en Occidente, la globalización no es una causa tan asediada como se está haciendo creer en estos días. Hillary Clinton, que es globalista,  abordó  el tema del comercio durante la campaña y  obtuvo más votos que Donald Trump, aunque ello fue poco importante en el sistema electoral americano. El Brexit fue un empate  y es muy posible que si ellos fueran a organizar el referéndum de nuevo, un montón de gente que votó 'Leave' cambiaría de opinión.


Incluso en Francia y los Estados Unidos, los dos países más hostiles a la globalización, según la encuesta de The Economist, el porcentaje que dice que la globalización es una fuerza para el mal estaba muy por debajo del 50%.

 La globalización no es sólo buena para la élite, sino para la mayoría de la clase media. Si tuvieras  requerir los servicios de un gran banco de inversión, o quieres tomar un té en el club de la facultad de una gran universidad, o pasar un rato en una empresa de startup en Berlín o San Francisco, serías testigo de que la globalización está funcionando bien . La gente de estos lugares proviene de todo el mundo y las organizaciones que los emplean se basan en los recursos del mundo a través del comercio transfronterizo, la inversión y el intercambio de conocimientos.

Pero esto no es  una globalización cultural. Podrías almorzar en un restaurante de fusión asiático y explorar las selvas tropicales centroamericanas en tus vacaciones y pensar que eres un ciudadano global, pero todo es bastante superficial.

 Un ambiente "multicultural" consiste en que personas educadas resignen hablar en su lengua materna y compartan diferentes valores, que son básicamente los de la clase media occidental. Usted no se convierte en un líder de equipo en, por ejemplo, Apple, por ser exótico y diferente sino por encajar.

 

 

Ahora, basta bajar unos peldaños en la escala socioeconómica de las ciudades

donde las fábricas están siendo corroidas o bien visitar los  suburbios parisinos, y comprobar que allí no hay multiculturalismo.  Las personas se visten de manera diferente, comen diferentes alimentos, tienen una actitud diferente con respecto a las mujeres, hablan diferentes idiomas y toman en serio su fe religiosa. No son sólo sus puestos de trabajo los que están en juego en esos lugares sino la identidad de la gente como estadounidenses, franceses o británicos.

Este es un serio dilema para Occidente, porque hay dos poblaciones que ven la globalización, el principal problema que nos enfrenta ahora mismo, de maneras muy diferentes.

El argumento económico de la globalización es fuerte, aunque sus defensores deben reconocer que es el mecanismo por el cual el equilibrio económico mundial se está desplazando hacia Asia. Pero el mundo no gira en torno a la economía y no debe descartar el argumento cultural contra la globalización como retrógrado o racista. La gente no sólo vive para un cheque de sueldo. Ellos quieren pertenecer a algo, y no es ser ciudadanos de un planeta grande y amorfo.

 

 

David Rosenberg

 

Haaretz Contributor

 

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